No solo mi hijo necesitaba ir a terapia



El 2016 fue un año muy intenso y difícil para mi familia. He llorado de rabia sin encontrar soluciones a problemas que parecían interminables. Hasta ahora no me han dicho algo más duro que: "tu hijo está sufriendo". Me citaron en el nido más de una vez, recibía notas en la agenda, más de un mail a la semana. Algo no estaba bien con Gabriel y necesitábamos ayuda, necesitábamos ir a terapia. 

Mi hijo tenía tres años y necesitaba un espacio además de nuestra crianza. Cuando la recomendación llegó, me asusté, me culpé y no dejaba de llenarme la cabeza de cosas. Estaba recargada. Mi familia fue mi soporte, pero sobretodo las ganas de que todo mejore no me dejó pensar las cosas dos veces. Gabriel fue evaluado, nosotros también y arrancó la terapia con todas las ganas de avanzar. 

Desde que converse con Mari y llegamos al centro yo sabía que estábamos en el lugar correcto, en donde desde un inicio Gabriel sintió que iba a "jugar" y en realidad lo evaluaban y trataban. Nuestra primera cita con la psicóloga me devolvió el alma al cuerpo. Gabriel era un niño que necesitaba ser evaluado, acompañado, pero nosotros también. Era un trabajo a largo plazo y no era nada del otro mundo. 

Gabriel Llevó una terapia con enfoque sensorial, que espero contarles todo lo que se refiere en otro post. Gabriel mejoró muchísimo su seguridad, su control y aprendía a través del juego a regular ciertas características que a los niños sensoriales les cuesta un poco más. Pero las cosas en el nido no mejoraban, mi hijo explotaba en cualquier situación, así afecte o no a sus sentidos, estaba recargado. Y esa recarga tenía una raíz, esa raíz era yo. 

Es así como Mari me contacta con Claudia. Empecé la terapia y a la par Gabriel seguía en el centro la suya. Quien necesitaba ese espacio era yo. A veces las mamás creemos que realmente lo podemos todo y no hacemos otra cosa más que sobrecargarnos para que todo sea perfecto para todos, menos para nosotros. A la tercera sesión se resolvieron cosas internas que ni yo misma entendía pero que afectaban a todos, sobre todo a Gabriel. 

Yo mejoré, mi relación de pareja, hija y sobretodo mamá se iba encaminando. A mi quinta sesión Gabriel ya estaba sin terapia y las notas de la agenda del nido eran contándome lo bien que le iba, cuánto más disfrutaba de sus actividades y en casa él y yo estábamos también mejor. 

Eso que dicen que le transmitimos todo a los hijos... ya, no hay nada más cierto. Nuestros hijos nos conocen más que nadie, nos sienten, huelen y ven incluso mejor que nosotros mismos. Desde una conversación nerviosa hasta un suspiro, saben que algo nos está pasando, aunque no sepan exactamente qué es. Les transmitimos eso, y si nosotros no estamos bien, ellos tampoco lo estarán. 

No nos olvidemos. Tenemos un motor inmenso para estar bien como son los hijos, pero cuidémonos por nosotros mismos. 

Lo mejor para nosotros (y nuestros hijos) es sentirnos bien.