El duelo de una hija




El día que te dije “hasta luego” hace siete años pensé que sería el comienzo de un duelo que tendría final. Pero ya han pasado 7 años, y aunque el duelo ya no es lo doloroso e insoportable de los primeros meses, sigue siendo duelo.

No hay día que no añore tus abrazos, tu risa y tu manera de querer. Aun se me hace difícil hablar o escribir de ti sin que eso signifique llanto. Y al principio, debo confesar, que sí me fastidiaba llorar tanto. No podía entender como mi cuerpo podía producir tantas lágrimas. Además, cuando lo hacía, muchas personas me decían: no llores, a tu mamá no le gustaría verte triste, ella no puede verte sufrir. Entonces, en un acto – para mí – sobrehumano, me aguantaba las lágrimas y ese nudo terrible me lo pasaba como píldora sin agua.

Pero, ¡YO NO SOY ASÍ, MAMÁ! Y tú más que nadie me conoces. Sabes que voy a llorar hasta el día que te vuelva a ver, y seguramente ahí lloraré. Por eso, ya no me importa llorar. Lo hago siempre y es muy sanador. No solo son lágrimas de tristeza sino de melancolía, de añoranza, de impaciencia, e incluso de gratos recuerdos.

Es un duelo perpetuo que con mucha meditación he aprendido a aceptar. Sí, he vuelto a sonreír, y ser feliz, pero con tonalidades diferentes. Veo el mundo de otra manera. Veo el mundo con tu ausencia. Aun duermo dándote las buenas noches y diciéndote: abrázame fuerte, mamá. Conversamos y me rio de mis ocurrencias - que seguro también las disfrutas. Te cuento de tus nietos y pido paciencia. Te imagino de abuelita. Serías la más chocha. Sería la mejor abuelita. Siempre les hablo de ti a los niños. Mateo se da cuenta que tu ausencia me conmueve y me abraza fuerte. Me dice que tú eres feliz en el cielo. Y quiero creer que así es.

Algunas personas me decían que extrañarte se me haría menos pesado, pero hay situaciones en la vida, y que sabes muy bien de lo que hablo, que me hacen extrañarte mucho más e incluso soñar de que si estuvieras acá físicamente las cosas fueran más llevaderas. He pasado por todas las fases desde que te fuiste. He llegado hasta envidiar a la gente que tiene a sus madres, ¡POR QUÉ YO NO! No es justo, me digo. Fue muy poco lo que te disfruté. Me costaba entrar en razón, y bueno, era lo que tenía que vivir para realmente encontrar el equilibrio de no tenerte junto a mí.

Sabes, dicen que lo primero que uno se olvida de otra persona es la voz. Y me parece locazo, que tu voz y, tu risa, son de los recuerdos más palpables que tengo. Sobre todo, te imagino diciéndome cuando se me va la onda: ¡AY, LUZ CONSUELO ALVARADO! Tan claro como si estuvieras aquí. A veces me he levantado en plena madrugada porque escucho a lo lejos un: Luz. Y aunque no te sueñe mucho, sé que es tu manera de decirme: te cuido siempre.

Creo que al convertirse en padre, uno jamás dejará de serlo, y de la misma forma, jamás dejaremos de ser hijos. El regazo de una madre siempre será el lugar seguro, y la pócima mágica de la felicidad absoluta. Duele no poder disfrutar de ello de manera tangible, pero hemos establecido maneras de comunicarnos sin presencia física. Quizá es un poco extraño para el resto, pero me da tranquilidad.

He aprendido a aceptar que físicamente no podré tenerte, pero hay una conexión muy grande entre las dos. También he aprendido a respetar mis tiempos y que en el duelo o dolor no hay manual (creo que en las cosas más importantes de la vida no hay guía no?). No me pidas que no te llore porque sabes que no lo haré. Es parte de mi personalidad. No voy a morir deshidratada, no te preocupes. Todo es parte de una misión que tenemos y nos ha tocado vivir. Estoy segurísima que nos volveremos a encontrar y te daré todos los besos que te guardé.

Hasta siempre, mami.