¡Auxilio! Mi hijo no quiere compartir



Mi hija de 7 años tiene un feeling especial con sus juguetes. Los ama, los valora, los cuida con dedicación y aprecio. Cuando de pronto encuentra algo con lo que no jugaba hacía tiempo, lo abraza y besa con cariño y le dice: ¡Te extrañé! Cuando algo se le rompe, sufre y hasta llora.

Una vez, en una bronca con su hermano preadolescente, él rompió el ala de su pony. TRAGEDIA. Se tiró al piso a llorar desconsolada cual escena de la Rosa de Guadalupe, gritando que ese era su pony favorito, que por qué justo tenía que romper ese y otras tantas frases dramáticas. Con lágrimas en sus ojos y voz entrecortada, vino a preguntarme si se podía pegar. Menos mal que sí.

Esa relación que tiene con sus juguetes hace que le sea más difícil desprenderse, sobre todo si se trata de cosas que significan algo para ella.

En casa hemos inculcado una tradición en sus cumpleaños y navidad: para recibir juguetes, tienen que “soltar” algunos juguetes. Joaquín nunca ha tenido mayor problema con eso, incluso en casos de desastres naturales, rápidamente y de propia iniciativa ha ido a sacar ropa, zapatillas, juguetes, etc, para donar. Desde chico. Pero a ella le cuesta y así es su personalidad.

Pero es necesario enseñarle.
Le he explicado de mil formas, pero no terminaba de entenderlo, hasta que recordé -no sé cómo porque tengo memoria de pollo- una ilustración que una vez nos dieron en el cole cuando estaba en la primaria. Solo necesitas una hoja bond y unas tijeras.
La conversación que tuve con ella fue más o menos así:
  • -          Ania, cuántas puntas tiene esta hoja.
  • -          Cuatro.
  • -          ¿Qué pasa si corto una punta?
  • -          Me quedarían 3, 4-1=3.
  • -          ¿Segura? A ver muéstrame.

Le di la tijera y ella cortó una punta.
  • -          ¿Ves? Me quedan 3.
  • -          ¿Segura? Mejor cuéntalas.
  • -          Una, dos, tres…cuatro…cinco…

Me miró con sus ojazos, sorprendida.
  • -          Cuando tú compartes, es igual. Piensas que vas a perder lo que tienes, pero en realidad ganas, como este papel y las puntas. ¿Recuerdas cómo te sientes cuando alguien te presta algo?
  • -          Feliz.
  • -          ¿Y qué sientes cuando piensas en esa persona?
  • -          Cosas buenas.
  • -          ¿Te dan ganas de ser amiga de ella?
  • -          Sí.
  • -          ¿Te gustaría que tus amigas sientan eso por ti?
  • -          Sí.
  • -          Esa es la punta que ganas cuando compartes. Cuando no compartes con la otra persona, te quedas con tu punta, pero pierdes la posibilidad de tener un amigo o amiga que te quiera, que sienta cosas lindas por ti y que también comparta contigo. ¿Eso te gustaría?
  • -          No.

Unos días después de esa conversación, pude comprobar en casa de su prima, que ciertamente había entendido el punto. La prima quería que Ania le preste el juego que había llevado y Ania quería que le preste una muñeca. Para variar, no quería dejar su juego así que me la llevé a un lado y le recordé lo que habíamos conversado de las puntas de la hoja y compartir.
  • -          Es hora de cortar la punta de tu hoja.
  • -          Está bien.

Llevó su juguete a donde su prima y se lo dio. Su prima estaba tan feliz que decidió prestarle no una sino cuatro muñecas. No sé quién estaba más emocionada, si Ania o yo, porque la reacción espontánea de su prima reforzó en ella la enseñanza que quería darle.

Sé cuánto le costó y me sentí muy orgullosa de ella porque entendió, luchó consigo misma y lo logró. No digo que de ahora en adelante no va tener problemas con eso, pero vamos avanzando.