Mi secreto para tener el autoestima alto




Este post lo escribí hace un tiempo atrás, pero lo que dice refleja totalmente mis sentimientos hoy; todavía -aunque bastante menos- estoy conflictuada con mi cuerpo, todavía mi autoestima sufre un poco y todavía, mis hijos siguen siendo mis fans número 1 (aunque la segunda me troleé de cuando en cuando).  

Acá va el post original con algunas modificaciones:

Verano del 2014
Llegó el verano y con él llegaron mis complejos. Después de 3 hijos, de engordarme 25 kilos en mis dos primeros embarazos, la fuerza de gravedad y el paso de los años, mi cuerpo no es el mismo.  Lo sé, lo acepto y, lo peor de todo, lo noto constantemente. Lo noto porque la ropa no me queda igual, lo noto porque mucha de mi ropa simplemente no me queda (o sea, no me entra) y lo noto porque obviamente, no estoy ciega. No importa cuánto baje de peso, mi cuerpo no es el mismo y a menos que recurra a la magia de la cirugía plástica (¿Uds. Creen que el Dr. Morillas me haría un canje?), e incluso con cirugía acepto que mi cuerpo nunca volverá a ser el mismo.

Siendo honesta, no me molesta que no sea igual. He tenido 3 hijos y he envejecido 8 años en el ínterin. Mi metabolismo ha cambiado junto con mis prioridades; el tiempo que tengo para dedicarle a mi cuerpo no es el mismo, la velocidad con la que pierdo peso tampoco y la disciplina que tengo está prácticamente desaparecida. Además, estoy muy agradecida por este cuerpo hermoso que me dio 3 hijos sanos y buenos (y que a mi marido le encanta con tantas curvas).
Pero igual duele y algunos días bastante.

El bajar de peso se ha vuelto un lento y doloroso proceso y esta mañana tuve la genial idea de probarme un bikini de aquellos que guardo como recuerdo de tiempos mejores (y un poco porque todavía no pierdo la esperanza de volverlo a usar). NOTA, todavía guardo uno y todavía no pierdo la esperanza 😉. Cuando lo vi pensé ¿cómo me entraba esto? ¡Es enano! Igual, me lo probé sólo por infligirme un poco de dolor, y cuándo estaba en esas, mirándome al espejo y tocando mi panza todavía gorda por la severa diástasis que tengo, llena de estrías por cargar 3 bebes grandazos (4 kilos, 4 .380 kgs y la que nació de 34 semanas pesó 2.800 kgs), viene mi hijita la segunda y me empieza a jalar el ombligo, y yo le digo: “no, deja el ombligo de mamá, pobrecita mamá su ombligo está feo”. A lo que ella responde en su media lengua: “ño mami, linda como una pipesa (princesa)”. ¿Si hijita? “Sí, linda mami como pipesa Bancanieves”.

Ni dudar, que en ese momento me sentí la más bella del mundo y la más linda pipesa. Pero, claro consiente yo de mi realidad me disponía a sacarme el bikini cuando ella me dice: “Ño mami, no saque vestido de pipesa. “Yo quieyo poner mi popa de baño de Papunzel”. Mi hijo mayor al escuchar el alboroto que hacía su hermana entró al cuarto y me dijo: “mami, ¿por qué te has disfrazado de linda?” ¿Qué? pensé, piensa que estoy linda… por supuesto mi súper yo (al mejor estilo Freudiano) entró en acción: ¿cómo andaré en la casa todos los días si piensa que estoy linda con esto? “Hijito, ¿cómo qué me he disfrazado de linda? “Ayyyy, mami tú sabes”.

Me miré al espejo, y lo cierto es que en lugar de verme como un desastre (como casi siempre que hago este tipo de pruebas) me vi bien. Después de muuuucho tiempo, me gustó mi imagen en el espejo. Me la creí y me quedé con mi bikini y salí a la playa feliz de la vida con mis hijos fans de la mano y pasé un lindo día sintiéndome linda por dentro, y también por fuera.