Mamá con cáncer


Ser mamá no es fácil y tener cáncer tampoco lo es. Si juntan ambas en la misma ecuación puede ser explosivo. Tatiana tenía dos años cuando yo enfermé. Ella ya podía hablar, caminar y entender ciertas cosas, pero ¿cómo rayos le explicas a tu hija pequeña que tienes cáncer?
¿La muerte? ¡Mantequilla! Nunca me ha dado miedo. ¿El cáncer como enfermedad? Tampoco ¡Pan comido! ¿El dolor? Era algo a lo que si bien no estaba acostumbrada podía acostumbrarme, pero Tatiana, ella es un tema aparte. Tatiana es mi kriptonita, mi talón de Aquiles, el cordón umbilical que une mi mente y mi cuerpo a la vida. Cuando enfermé, lo que más me atormentaba por las noches era la idea de no estar para ella, de faltarle. Yo no le podía faltar.
Desde mi diagnóstico las cosas tuvieron que cambiar y mi hija - así como yo- tuvo que crecer de golpe. La vida tampoco le tuvo mucha piedad. Pasamos de haber dormir dos años juntas a tener que mudarnos a cuartos separados. Ya no podía acompañarla a emergencias cuando se ponía mal. Tenía prohibido acercarme a ella cuando enfermaba ¡Y los niños se enferman todo el tiempo! Confieso que la mayoría de mis hospitalizaciones han sido culpa mía, precisamente por no poder mantenerme alejada de mi hija en momentos así. A veces pienso que esto sería más fácil de llevar si Tatiana no fuera parte de la ecuación, pero como dijo Nietzsche “Quien tiene un por qué para vivir, se puede enfrentar a todos los cómo” y ella era mi por qué. Siempre ha sido mi por qué y ningún cómo ha podido conmigo desde que ella existe.
Durante mi trasplante, como lo ha hecho desde que nació, fue ella quien me mantuvo con vida. Aún recuerdo cómo me sentía durante el último día de quimioterapia, durante mi aislamiento. Treinta y ocho quimioterapias en siete días. ¡Brutal! Mi médula enferma había desaparecido pero la nueva aún no funcionaba, así que sentía literalmente mi cuerpo morir. Recuerdo mirar a mi mamá y rogarle que me sacara de ahí porque sentía que no iba a poder. Ese día me desmayé dos veces, perder la consciencia es casi glorioso cuando sientes tu cuerpo dejar de funcionar. La segunda vez que me desmayé ya no quise luchar por despertarme, me quise dejar ir y por alguna extraña razón, en medio de ese limbo, recordé el llanto de Tatiana y reaccioné. Había cuatro enfermeras alrededor de mi cama y mi mamá estaba llorando en una esquina.
Desde que me enfermé ha sido así. Cada vez que he querido mandar todo a la mierda, la risa o el llanto de esta niña me han hecho reaccionar y repetirme una y otra vez: “No puedo faltarle”. Tengo que estar cuando se gradúe de Inicial y de Primaria y de Secundaria. Tengo que estar cuando se enamore por primera vez. Tengo que estar cuando le rompan el corazón. Tengo que estar para romperle la cara al o a la idiota que se atreva a hacerlo. Tengo que estar cuando se case y tenga hijos. Tengo que estar para celebrar sus triunfos, para llorar sus fracasos o apoyar sus locuras. Tengo que estar para pelear con ella cuando sea adolescente y para ir a comprar ropa y zapatos e irnos de juerga juntas, aunque ella siempre me diga que no lo hará.
Estar para ella ha sido mi razón todo este tiempo. La razón por la que he aguantado agujas y dolor, quimios y corticoides, cambios y tratamientos, medicinas y todo lo que me ha traído esta enfermedad.
Tatiana sabe que tengo cáncer, sabe que tengo leucemia, sabe que me han trasplantado la médula. Si le preguntan a Tatiana que es el cáncer, probablemente les diga que es lo que tiene dormida a su mamá la mayor parte del tiempo desde que ella recuerda. O dirá que es la razón por la que los brazos de mamá estén morados por las agujas y por la cual su mami no tiene cabello. Tatiana me ha preguntado si voy a morir y le he dicho que todo el mundo se muere al final de todo, pero que no se preocupe por eso porque yo viviré hasta viejita.
Tatiana me ha dado de comer cuando he perdido el apetito y me ha puesto las pastillas en la boca cuando no las he querido tomar. Tatiana me dice que me abrigue y que no tome cosas frías para no enfermarme. Tatiana se preocupa por mí cuando ve que el dolor me hace llorar. Tatiana ha secado mis lágrimas más veces de las que yo he secado las suyas.

Indyra Oropeza
Indyra Oropeza, 23, estudiante de derecho, escritora, bloggera, mamá, sobreviviente de cáncer.