Cuando sea grande, quiero ser como mi hija.



La mayor parte de mi vida transcurrió entre amigos del barrio, del colegio, de la universidad, del trabajo, familia, etc. Todos esos grupos estaban conformados por personas, hombres y mujeres (en su mayoría hombres) de aproximadamente la misma edad o mayores. Poco a poco se fueron enamorando, casando y teniendo hijos y sin pensarlo, tenía más baby showers que fiestas.

Los bebés y niños pequeños fueron invadiendo mi vida así que tuve que aprender a convivir con ellos, acostumbrarme a lo ruidosos que son, a los vómitos ajenos, enfermedades, ver que mis amigos y familiares nos visitaban con enormes maletas y coches, a veces con nana, hasta que me tocó y Giulia llegó.

Todo cambio de inmediato cuando la vi salir de su mamá, la seguí hasta el cuarto donde están los otros neonatos y me aseguré que no le pase nada en ese camino, así sean pocos metros. Luego me di cuenta que soy enteramente responsable de su vida, de lo que le pase, de que sea feliz. Y digo que recién ahí “me di cuenta” porque hasta ese momento no lo había asimilado al 100%.

Giulia tiene poco más de 2 años y saber que está creciendo de forma saludable, que vive feliz, juega y aprende cosas que no tenía idea que una niña de 2 años podía saber, me tranquiliza y me compromete a cuidarla y a enseñarle cosas nuevas cada día y sobretodo no limitar esa capacidad de aprendizaje, curiosidad por el mundo y así nos parezca peligroso que se trepe a una silla, salte en ella o se tire o quiera saltar del árbol, yo dejo que lo haga pero no me voy de su lado por si tiene un traspié y para animarla a que lo haga nuevamente hasta que le salga.

Me emociona que tenga lo que llamo “capacidad de asombro”, que suelte un gran WWWOOOWWWWW cuando ve algo nuevo, algo que no le es familiar o algo que considera difícil. Tal vez esa expresión la aprendió de la tele o de alguien por ahí porque nosotros no se la hemos enseñado, pero cuando lo hace, es con sentimiento real. Es algo que los adultos hemos perdido y en lo personal, me gustaría asombrarme más seguido con las cosas simples de la vida, como con una mariposa, por el sonido de una hoja al pisarla o al ver una hormiga llevarse un arroz, etc.

Me asombra la capacidad de los niños de hacer amigos. Basta con verse, estar cerca unos segundos para empezar a jugar. No importa el idioma, no importa las costumbres. Estuvimos hace poco con una amiga que vive fuera del país y su hijo, un poco mayor que Giu, habla otro idioma y sabe muy poco de español (y no quería hacerlo tampoco) pero inmediatamente empezaron a jugar juntos. Nosotros los adultos tenemos tan metido el “no confíes en nadie”, “te pueden hacer daño” que al despedirnos el “(por favor) cuídate” ya se ha instaurado en nuestras mentes, igual que el “bendiciones”, supongo que para que llegues con salud y bien a tu destino. Y me da pena enseñarle a mi hija que no debe confiar en la gente.

Y ahora aprendió que “no pasa nada” y siempre nos lo repite con su aguda y pausada voz cuando le preguntamos si está bien, si le duele algo, sobretodo en estos días que ha estado enferma o nos ve en el corre corre diario.


Creo que ser niño en un mundo de adultos debe ser difícil porque lo verán enorme. ¿Se imaginan no llegar a ver que hay en la mesa por lo alta que esta es? ¿O una silla que les llega a la cabeza? O ¿querer comer arena porque es crocante y te digan que es cochina? O ¿bañar a tus muñecas en un jacuzzi miniatura conocido por nosotros los adultos como wáter? De todas formas lo vas a querer hacer, pero creo que también es MUY difícil para nosotros vivir en el mundo de los niños, debemos aprender a ponernos en su lugar, tratar de pensar como ellos, volver a pensar en “simple”, intentar saber qué quieren y principalmente, no perder la paciencia.