Mis hijos nacieron y perdí el trabajo


Desde el día que me enteré que estaba embarazada, supe que mi vida daría un giro de 180° de manera veloz. Me abroché los cinturones y me preparé para esta aventura que día a día me enseña un poco más de “cómo sobrevivir a la maternidad sin morir en el intento”. Cuando me enteré que eran dos los que estaban en mi panza, ya ni les cuento. Lo tenía más que claro y estaba preparada: un esposo atento y trabajador; una familia unida y muy colaboradora; un trabajo estable y de confianza; y mucha ilusión. Pero lo que jamás imaginé, fue quedarme sin esa estabilidad que creí tener en el trabajo a tan solo dos meses de haber dado a luz. Sí, me botaron.

Hoy puedo contarlo ya sin esa pena, porque realmente fue pena lo que sentí cuando pasó, pero sí que me duró bastante. Creo que no muchos entregan 3 años de su vida a un lugar en el que se pasaba más tiempo que con la propia familia sin poner un poco de corazón en el asunto. Y ver esa puerta que se cerraba de a pocos me golpeó fuerte.

Muchos me preguntaban si tomaría cartas en el asunto, pero la verdad es que no tenía ni ganas ni fuerzas para hacerlo. Las razones que me dieron eran “claras”: el perfil de la empresa había tomado otro rumbo y yo ya no encajaba en él. Mi contrato no sería renovado entonces. Y cómo es la vida, que unos meses antes de salir de post natal me di cuenta que mi contrato vencía justo el mes en el que daría a luz (los contratos en esa empresa se renovaban una vez al año, parecía que les gustaban los contratos indeterminados), por eso algo empezó a rondar en mi cabeza. Serían 4 meses de post natal, más uno de vacaciones que había acumulado, y dos horas menos de trabajo al día por el año de lactancia, sin duda, una pérdida para la empresa. Pedí mi renovación antes de irme, documento que aguantaron hasta casi mi último día en que me llevé la laptop a mi casa (para avanzar pendientes si podía hacerlo) aparato que me pidieron devolver solo unos días después de haber salido. Me hicieron firmar el contrato por solo 3 meses. Algo se estaba cocinando sin duda.

Confieso que fue duro cuando recibí la llamada en la que me citaban para “conversar” en un café. En el fondo ya sabía cuáles eran las intenciones verdaderas, así que fui preparada. Me congelé por un momento cuando me dieron la noticia. Miles de preguntas invadieron mi mente sobretodo preguntándome y ahora qué haríamos. Luego todo pasó y vi las cosas con mayor claridad.

Ahora, luego de dos años y medio, le agradezco profundamente a esa empresa que “no me renovó el contrato”. Durante casi siete meses pude estar al lado de mis hijos. Estuve en sus primeros resfríos, sus primeras papillas, sus primeros balbuceos, miles de llantos que pude calmar a tiempo, muchas risas y carcajadas, primeras caricias, primeros juegos de a dos, pude estar en muchos momentos que serán siempre especiales para mí como mamá. Aprendí y crecí un poco más. Eso no se pone en ningún curriculum, pero qué bello trabajo el de ser mamá a tiempo completo. Un trabajo que agota en extremo, pero es hermoso. Ahí sí que vale la pena entregar todo: alma, corazón, vida y horas extra.
Luego de un tiempo me di cuenta que esa frase de “todo niño viene con un pan bajo el brazo”, es verdadera. En mi caso, deberían llegar con un baguette porque eran dos a la vez. Así que cuando conseguí el trabajo en el que estoy hasta el día de hoy, me sentí liberada. Creí un poco más en eso de que las cosas pasan por algo. Y simplemente agradecí una vez más.


Después de todo, el mundo no es tan injusto como a veces parece.