Un “play date” de terror



La semana pasada me invitaron a una tarde de juegos junto con mis hijos. El plan parecía simpático, juntarnos en el parque de nuestra cuadra y hacer picnic. La idea era que nuestros hijos se conozcan y se hagan amigos pues todos van al mismo colegio y viven cerca. De paso, también nos conoceríamos más entre nosotras, las madres, pues no todas nos conocíamos. Yo apenas conocía de volada a un par. Fui con mis 3 hijos. 

La tarde empezó amena y prometedora. Todas las mamás llegamos súper afanosas y puntuales (creo que más afanosas que lo niños). Poco a poco empezamos a armar un círculo y los niños se pusieron a jugar. Como suele suceder, los niños se fueron para un lado y las niñas para otro. Con los niños todo fluyó muy rápido y se pusieron a jugar sin mayor problema. El problema fue con las niñas. Tres de ellas ya eran amigas y no tenían interés en conocer a nadie más y por algún motivo, el resto no lograba cuajar en ningún juego. Pasó la tarde sin que las niñas jueguen algo.

Hasta ahí todo bien. Si no lograron hacer química y ponerse a jugar no pasa nada. El tema fue, que el ambiente se tensó y se cargó cuando entre algunas decidieron que la manera de hacerse amigas era molestando a mi hija de 5 años. Lo más doloroso para ella fue que quién organizó la molestada fue la niña que ya era su amiga, y esos últimos días habían estado íntimas. Yo no me había dado cuenta que esto estaba pasando hasta que viene la amiguita en cuestión y me cuenta que mi hija estaba llorando. Porque y cito “ya nos tenía hartas a varias chicas jugando con un palo, así que lo tiramos”.

Me paré inmediatamente y fui corriendo a ver a mi hijita. La encontré echa un mar de lágrimas. Mientras miraba la pista y su hermanita intentaba consolarla.  No entendía nada. ¿Qué había pasado? ¿Cómo había pasado? ¿Por qué lloraba tanto? Entre lágrimas me contó lo que había pasado. Una niñita le había pedido el palo prestado a mi hija, sólo para tirarlo a la pista. Un auto lo aplastó. Lo más triste, es que esta niña sólo seguía órdenes de la amiga de mi hija que junto con otra niña se reían a carcajadas.

Quería llorar. ¿Cómo podían ser tan crueles? Trataba de calmar el corazón roto y el orgullo herido de mi hija, pero lo cierto es que por dentro yo me debatía entre llorar con ella o ahorcar a esas criaturas. Felizmente, no hice ninguna de las dos cosas. Simplemente opté por irme de ese lugar en el acto. Mi hija lloraba por quedarse y salvar cara. Pero, lo cierto es que no teníamos nada que hacer ahí. Entre quejas y llantos, la cargué y me la llevé. Si mi hija no la pasa bien, yo tampoco lo paso bien. Además, yo estaba furiosa. Un segundo más en ese picnic y me desconocía. Me despedí a la rápida y me fui. En el camino a casa, mientras llevaba a mi hija en brazos, su amiga se dio tiempo de decirle algo hiriente.


Mi hija ya está bien. Ya olvidó todo el episodio, o al menos eso me parece. Sin embargo, yo todavía no me repongo. ¿Por qué salió tan mal? ¿Qué pasó? Mi hijita siempre ha sido muy fácil para hacer nuevas amigas. ¿Será acaso, que como el resto de niñas tenía alrededor de 7 años o incluso ya este año cumplen 8, la diferencia de edad es demasiada? ¿Desde tan pequeñas son tan complejas las relaciones femeninas? ¿En qué estamos fallando las madres que nuestras niñas empiezan con los recelos y las palabras hirientes desde tan pequeñas?  Si a los 5 años son así las cosas ¿cómo serán a los 15? No puedo evitar sentirme preocupada y triste, muy triste.