Mi problema con las chichis



Llamémosla como queramos: chichis, boobies, tetas, pechereques, pecho, “las chicas”, el nombre con la que usualmente las llamamos no tiene importancia, lo importante es lo que nos hace sentir, los cambios con el tiempo y cuan conformes estamos con ellas en la actualidad.

Cuando tenía 14 años, veía como a mis amigas les cambiaba el cuerpo, dejaban de ser niñas para convertirse poco a poco en mujeres. Ese año, cuando los chicos ya me empezaban a interesar y mi vida social era más activa, me preguntaba cuando me tocaría a mí, ¿Cuándo iba a tener chichis? Yo, una adolescente flaca, chapada al hueso, plana por todos los lados. No me sentía nada atractiva, sin embargo lo acepté. Nunca fui de ponerme relleno, ni medias, ni papel, ni Push-Up. Andaba feliz con mi formador blanco de algodón.

Vaya sorpresa que me di el verano de 1999, solo en tres meses sufrí un cambio radical, sin que me diera cuenta dejé de usar formadores y empecé a usar sostenes copa C/D… era la tetona de la promo. Incluso me preguntaban si me había operado. ¿Qué niña de 15 años se pone implantes? Fue ese año donde realmente empezaron mis complejos, lo vivido años atrás no fue nada. De ser una plana sin mucha gracia, pase a llamar la atención a donde iba, yo era delgada, súper delgada y mis chichis no iban con mi cuerpo.

Felizmente la época de colegio acabó rápido y cuando ingresé a la universidad, los complejos los había dejado atrás. Continué siendo la tetona del grupo, pero ya no me importaba. Acepté mi gran busto con dignidad, sabía que eran firmes, estaban en su lugar, eran bonitas y grandes. El único problema que experimenté era el dolor cuando hacia deporte. En época de universidad jugaba futbol y para evitar el dolor debía fajarme antes de cada partido. Empecé a caminar encorvada porque las chichis me pesaban, me dolía la columna frecuentemente y todo debido a las chichis. El problema real en esos años era la ropa interior. Usualmente solo encontramos las tallas 32; 34; 36… y son pocas las marcas que te brindan la opción de copas A, B, C, D… Por suerte tenía tías que vivían en otros países y cada vez que venían de visita me traían Bras perfectos para mi, talle completa, medias talla, con barras, con broches extras y mil detalles que por esos años no encontraba en el mercado nacional y si los habían,  mi modesta economía los hacía impagables.

He vivido feliz con mi busto grande hasta que nació Fausto, se acabó la lactancia y ¡Oh Dios! Hasta ahora me pregunto ¿Qué pasó? ¿Qué hice mal? ¿Dónde michi están mis tetas? Se fueron así como llegaron, de un momento a otro y ahora vivo otra etapa: la de resignación. Tenía un hermoso busto grande y firme, incluso me atrevía a usar polos sin bra y ahora la historia es otra. Mis chichis tienen vida propia, se mueven por donde ellas quieran, se chorrean, se caen, sin contextura, sin relleno, sin firmeza y solo he tenido un hijo. Actualmente uso copa B, y la diferencia se nota en la piel. La única forma en que estén en su lugar es si alzo los brazos. Nunca pensé que mis chichis podían influir tanto en mi autoestima.

He aceptado con dignidad mis kilos demás, las manchas que me dejo el embarazo, mis hermosas estrías en la cadera, las canas que abundan en mi cabellera, mi panza fofa, incluso acepto mi rosácea y la psoriasis heredada que se manifestó hace algunos años atrás. Pero mis chichis flácidas y caídas, no las aceptó, no me gustan.

Converso con otras amigas sobre nuestras chichis y sé que somos muchas las que no aceptamos estos cambios. Lo tomamos por el lado gracioso, ¿Qué nos queda? Pero realmente no lo aceptamos y no estamos conformes. Yo le he mencionado a mi esposo que si quiere un segundo hijo, éste llega con chichis nuevas, ya sean implantes, hilos rusos o engrampadas, porque si Fausto cambio tanto mi delantera no me imagino cómo me las va a dejar el segundo, seguro quedaría como mi MamaNelly, con la chichi en el ombligo. Claro que conociéndome lo cobarde que soy, quizá terminaría por aceptarlas caídas antes de querer pasar por otra operación.

Esto que les cuento es un tema completamente íntimo, aceptar que no estoy conforme con mi cuerpo es aceptar que tengo un complejo y siento que estoy bajando mi escudo. Aplaudo y me sorprendo cuando me encuentro con mujeres que están completamente satisfechas con su físico. Me alegro por ellas y me alientan a querer aceptarme tal y como estoy. Pero siendo sincera, somos muchas mas las que quisiéramos cambiar ciertos puntos de nuestros cuerpos que las que no.