Mi experiencia con la APLV (Alergia a la proteína de leche de vaca)



Cuando una mujer se vuelve mamá, es un reto sobrevivir, con la misma cantidad de pelos, los tres primeros meses. Recuerdo cuando llegué de la clínica a la casa con dos personitas nuevas, me pregunté “… y ahora qué?”. Felizmente el primer mes tuve ayuda y aprendí mucho, pero creo que una de las etapas más difíciles (hasta el momento) que he vivido con mis bebes empezó cuando cumplieron un mes de vida. En ese preciso momento en que me encantaba la nueva faceta de “new mommy”, fue cuando realmente conocí ese otro lado de esa moneda hermosa en donde todo es lindo y lleno de amor.

Marcel era un bebito tranquilo, que se demoraba un poco en tomar su leche pero a veces él mismo agarraba su biberón, dormía riquísimo y casi ni se quejaba. De pronto, cambió. No existía ni un solo momento en el que dejara de llorar: se despertaba llorando y al cargarlo se le pasaba por no más de dos minutos para volver a llorar, descartábamos necesidades básicas (pañal, frío, hambre y sueño) y seguía con igual: llanto, descanso y llanto de nuevo hasta volver a dormir. Algo le tenía que estar pasando a mi bebé, yo lloraba igual que él y me sentía demasiado angustiada, y solo quería ayudarlo. Lo llevé al pediatra y después de revisarlo me hizo muchas preguntas y me explicó que algunos niños, sobre todo los prematuritos, desarrollaban un síndrome llamado “cólico del lactante”.

“El cólico del lactante (CL) se define como episodios de llanto intenso e inconsolable que suelen aparecer por la tarde-noche, acompañados de movimientos de encogimiento de las piernas y enrojecimiento de la piel, que no tienen por qué ser diarios, pero que ocurren por lo menos 2-3 veces a la semana y durante varias semanas a partir de la cuarta semana de vida. El niño con cólico del lactante es un bebé sano cuyo llanto es percibido como excesivo por sus padres. Podía durar entre 3 y 4 meses”.
Garrison MM, Christakis DA.
A systematic review of treatments for infant colic. P

Me desesperé aún más. No era posible, mi bebé tenía algo más y en mi cabeza no cabía la idea de escucharlo llorar así por algunos meses más. La razón que me dio, fue que a esa edad su aparato digestivo estaría un poco más maduro y ya no sería tan fastidioso para él. Pero no, mi bebé tenía algo más y yo daría con lo que fuera que tuviera.

Empezaron las situaciones típicas de una mamá que se vuelve “loca”, pues todos me decían que no podía hacerme un mundo en la cabeza si el médico mismo ya nos había dicho que no tenía nada malo. Yo les daba la contra y no era porque quería llamar a la mala suerte. Ese mismo día, en la noche al cambiarle el pañal me di cuenta que había hecho caquita con una especie de moquito e hilitos rojos. Casi me muero de ataque y entre en pánico. Fui al doctor casi de inmediato como una loca con el pañal en una bolsa, el doctor tenía que verlo. Cuando llegué y se lo enseñé parecía una pesadilla, ¡no había nada rojo! “¡¡¡seguro se secó doctor!!!”, le decía mil veces. En ese momento el doctor me mandó a hacerle mil análisis de heces y fueron horas de agonía esperando el resultado, tenían que descartar alguna infección. Fueron largas horas de espera pero valieron la pena, no era ¡infección! Pero por descarte, mi bebé estaba sufriendo de otra cosa: alergia a la proteína de leche de vaca (APLV).

Ahora, hay muchos métodos para saber si realmente es ALPV, existen pruebas especializadas, pero lo más seguro era que fuera eso. La primera medida fue cambiarle la leche por una hidrolizada. Si bien las leches de fórmula saben y huelen feo, esta leche olía a un diablo podrido y muerto hace 100 años. Lo bueno dentro de lo malo es que los bebes no distinguen lo rico de lo feo, pues lo único que toman es leche, y su mundo entero sabe a leche. Nada rico ni feo, solo leche. Tomaba la leche, lo poco que podíamos darle sin que llore pero todo seguía igual. En mi cabeza no dejaba de dar vueltas la idea de que algo más le pasaba.

Lo poco que tenía de leche materna era más que nada para Naelle. Pues para que no le afecte a Marcel debía hacer una estricta dieta de cero lácteos por una semana para limpiar y luego continuar así para darle leche libre de lácteos (eso era nada de quesos, yogurt, mantequilla, leche, galletas, pan de molde  y nada que tenga suero de leche siquiera) la lista de alimentos prohibidos era muy larga. Incluso me prohibieron comer fresa y espinaca. Lo hice y traté de darle más de esa leche para que aliviara un poco su dolor de pancita si es que eso era lo que le pasaba. Pero los llantos seguían.

Fui a un segundo pediatra, conté la historia, enseñé análisis e hice que tomara leche en el mismo consultorio. Este sapo se tomó todo el biberón sin chistar. Parecía como si supiera lo que hacía. En fin, el resultado fue igual, “tu bebe no tiene nada. Está super saludable. Sigue con esa leche y ya está”. Recuerdo haber llegado a la casa un poco más tranquila y positiva. Pero todo se derrumbaba cada vez que llegaba la hora de la leche. Solo quería que mi bebe dejara de llorar así. Me partía el corazón.

Fui a un tercer doctor, me dijo lo mismo y ya empezaba a desesperarme. Me pasaron el dato de un gastropediatra excelente y fui a verlo. Mil pruebas más pero gracias a Dios me dijo lo mismo. Hay 4 razones por las que los bebes pueden hacer ese tipo de deposiciones: fisura en el anito, infección intestinal, alergia a la proteína de leche de vaca, y la más rara pero real era porque simplemente así hacían por un tiempo sin saber nunca de dónde provenía esa especie de “sangrecita en forma de hilos”. A continuar con el tratamiento de leche hidrolizada entonces.

Por el estrés y todo el tema cada vez me salía menos leche y ya ni el hinojo ni la cascarilla de cacao ayudaba. Me estaba resignando a que la fórmula sería su único alimento. La indicada sería una leche de arroz, esta contiene las mismas vitaminas y minerales de las demás leches pero nada que provenga de la vaca. Había puesto todas las esperanzas en esa leche, y para ese entonces ya había pasado un mes de llantos. Contaba los días para llegar al tercer mes y simplemente sentir que lo habíamos logrado.

Todo mejoró con la leche de arroz, incluso los llantos empezaron a bajar. Juntos llegamos hasta el cuarto mes donde todo fue cambiando. Al año vino la prueba de fuego para ver si ya le había pasado, y fue lo máximo darnos cuenta que ya estaba libre de APLV.


Es todo un reto llegar a los seis meses y empezar con los alimentos sólidos, porque el miedo embarga, que sea alérgico a algo más o algo por el estilo, pero aquí estamos, 2 años y 5 meses después. Aprendiendo juntos de la mejor manera.