TUVE MIEDO… Y LO TENDRÉ


Creo que soy con una persona con filosofía de vida relajada. Siempre he pensado que  “si el problema se puede resolver, para que preocuparse y si no tiene solución, ya para que preocuparse”. Así le meto cerebro y ánimo a solucionar las cosas complejas que se presenten y no me estreso con nada.

Incluso cuando alguien moría buscaba pensar: Si estaba enfermo, ya no sufre más. Si estaba mayor, ya pudo tener una vida larga. Si murió joven, Dios quería un angelito. En mi cerebro había una rápida respuesta a cualquier cosa que me produjera ansiedad, dolor o conflicto. Y pensé que así sería siempre.

Hay muchos miedos que la gente no comparte, pero eso no significa que no los piense ni los sienta. Cuando quedé embarazada aún conservaba mi “coolness” hasta que empecé a leer libros, googlear y tener conversaciones de embarazos con cualquier persona. Y empiezan tus pensamientos de miedo“¿Serán suficientes vitaminas? ¿Lo voy a perder? ¿Estará sanito? ¿Será un niño especial?”
Conversando con amigas, me topé con una dolorosa realidad de la que casi nadie habla como es perder un embarazo, y un miedo aún más grande que viene después, ¿lo volveré a perder? Vas a un examen médico cualquiera y te preguntan: “¿embarazos?” - 1 “¿abortos?”…  Quizá soy muy susceptible, pero habiendo sentido el dolor de mis amigas, no podía dejar de pensar de la frialdad de preguntarte si perdiste a un hijo como quien te pregunta cuantas caries tienes en los dientes.

El tiempo pasó y se acercaba el día del nacimiento. Me dijeron que no podría ser natural porque ya mi hijo pesaba más de 4 kilos. Entonces el miedo vuelve: ¿Me dolerá? ¿Será riesgoso? ¿Cómo hacen para cortar y que al niño no le pasa nada? Mi marido tenía la tarea de contar en el parto que el bebé tuviera  5 dedos en cada mano y 5 en cada pie. Así lo hizo y me dijo que todo estaba bien. ¿Será que está bien?

Ya en casa le pongo videos y no me hace caso: ¿Será sordo? ¿Será ciego? ¿Tendrá dificultades de aprendizaje? ¿Será autista? Pucha, soy tan ignorante que ni siquiera conozco los síntomas de cada enfermedad.

Pasan los años y en cada visita a emergencias se me acelera el corazón. Siento que la espalda y los hombros se convierten en cemento. Espero que salga el doc y me diga que es un tonto resfriado o una diarrea por comerse un chanchito del jardín y nada más.

Mi máximo miedo fue cuando me despedí de mi hijo mayor para irme a la cesárea de mi segundo hijo. ¿Lo volveré a ver? Ya no estoy chibola y peso demasiado. Le hice prometer a mi esposo a regañadientes que se volviera a casar rápidamente si yo moría.

Ok, basta. No puedo ser tan chiva. La realidad es que parece que nunca voy a dejar de tener miedo. Yo tengo que dominarlo, no él a mí. Valor caracho. Listo, ya no voy a dejar que me domine el miedo. Hasta hace unos días…

A mi esposo lo mandaron a hacerse una resonancia, examen que se hacen miles de personas a diario, muy rutinario; sin embargo, el destino, la mala fortuna, o Dios sabe que, confabuló para que este simple examen se llevara de este mundo a alguien a quien él quería mucho. Él tenía miedo. Nunca lo vi con ese miedo. Vi sus ojos y ahora era yo quien tenía miedo. Fueron 15 o 20 minutos sentada afuera del consultorio mientras lo esperaba. Sentía el cuello tenso, la sangre se me subía a la cabeza, tenía calor, me temblaban las manos cuando intentaba distraerme con el celular. “Creo que debí entrar, ¿y si no les dijo que puede ser alérgico? ¿Y si el yodo le cierra la garganta? ¿Habrá alguien con él? ¿Y si no puede pedir ayuda? Chamare, ¿Cuánto tiempo va?”

¿Y qué tal si algo pasa? Que voy a hacer sin él, no puedo hacer nada sin él, no puedo, no quiero. Los ojos se me aguan. El señor que está a mi lado me empieza a hablar y me  distraigo. Él está esperando por su hijo de 13 años. El también necesitaba hablar y me contó su caso. Me dice que felizmente ya se sabe que el tumor de su hijo es benigno, pero que antes de saberlo pensaba “¿porque él? Dios, solo tiene 13 años. Le falta vivir demasiado. Eso me debería pasar a mí, no a él”. De nuevo se me aguan los ojos pero trato de darle ánimo. Sus ojos se iluminan, se levanta como un resorte y me dice “¡ya salió! ¡nos vemos!”

Otra vez estoy sola. Siento que ha pasado una eternidad y han sido sólo 2 minutos desde que vi el reloj. Ya no puedo estar sentada. Voy caminando al consultorio. Intento espiar por la ventana. Las enfermeras entran y salen. Entonces una de ella sale corriendo gritando por una tal “Mery”. Yo solo quería llorar. Mery voltea y la enfermera le pide que no se olvide de esperarla para ir a almorzar. ¡¿Quien carajos grita en una clínica para coordinar un almuerzo?! Ok, tengo que calmarme.

Me obligo a tontear en el celular porque si no me voy a volver loca. Entonces la puerta se abre y sale mi flaco con una sonrisa de oreja a oreja preguntándome donde almorzaremos. Yo casi no puedo contestar. Quiero llorar de alivio pero va a pensar que soy una sonsa.

Parece… pero no, no me vuelto una gallina temblorosa. Es solo que el miedo ha pasado a formar parte de mi vida. Es el compañero que bien llevado saca de ti sentimientos maravillosos. ¿Parece absurdo? No, no.

El miedo te hace analizar bien tus decisiones, porque no la quieres garcar.

Te hace valorar aun más a todos los que te importan, porque perderlos afectaría tu vida.

El miedo puede ser tu motor de progreso, si te asusta la monotonía, el status quo o si simplemente quieres más.

Gracias miedo. Supongo que nos seguiremos encontrando, como cuando mis hijos me digan que tienen enamorada.


Mientras tanto, gracias vida, porque junto a cada miedo está la claridad de ver que mis problemas son una suave garúa mientras otros combaten una tormenta. Prometo tratar de ayudar a otros con sus tormentas…. Y no ser tan chiva.