¿Celos a la nana?


Cuando mi hijo mayor nació yo no quise tener nana. Entre que estaba con el síndrome de “mujer maravilla” (yo lo puedo todo sola) y entre que no quería compartirlo con nadie ajeno a la familia, no tuve nana hasta que cumplió 4 meses y un buen día, producto del agotamiento y el estrés, me dio una descompensación y me desvanecí en la sala de mi casa con mi hijo en brazos. Comprenderán que al día siguiente ya tenía una nana cama adentro y nunca más dejé de contar con ayuda. 

Siendo honesta el mayor motivo por el que no quería tener nana era por celos. Me moría de celos de tan solo pensar que él podría generar un vínculo afectivo  con otra mujer que no fuera yo. Quizá a algunas les parezca una locura, pero como madre primeriza me sentía muy insegura de mi capacidad para generar ese vínculo sólido de amor maternal que es la base segura que permitirá que el niño se desarrolle plenamente. Además, no quería que quisiera más a la nana – como tantas historias de terror que me habían contado – pues, para mí eso significaría un fracaso absoluto como ser humano.

Las primeras semanas con la nana en casa no la dejaba hacer prácticamente nada. Andaba sumamente mortificada de tener a una intrusa agarrando a mi hijo. Hasta que un buen día conversando con mi suegra me dio un excelente consejo: “Aprovecha que tienes alguien que te ayuda, que  haga las cosas que no te provoca hacer”. Y con eso en mente, estuve más tranquila, empecé a relajarme más y a tener más tiempo para mí y a disfrutar más a mi hijo.

Pasó el tiempo y me acostumbre a la ayuda, nació mi hija la segunda y antes que nazca yo ya tenía contratada una nana. Nuevamente, los celos y la inseguridad se apoderaron de mí. Tenía (tengo) un hermoso vínculo con mi hijo y quería lo mismo con mi hija la segunda. Pero, sabía que con dos pequeñitos iba a necesitar ayuda. Los primeros días era se repitió la historia, la nana era prácticamente un adorno. A medida que mi hijo mayor se ponía más difícil, me apoyé más en ella. Poco tiempo después nació mi hija la 3era y con ella igual, tuve nana desde su segunda semana de vida. Pero, con ella ya no tuve celos (no tantos al menos). Es más, se le entregaba feliz luego de darle de lactar para salir a pasear con mis hijos mayores. La dejaba en casa con la nana y me iba a pasear con los grandes.  

Lo interesante es que creo que a medida que una va creciendo como madre, desarrollando vínculos sólidos con los hijos y sintiéndose segura de su amor, los celos van disminuyendo. Igual es difícil compartir los abrazos y besos de nuestros hijos sin embargo, hoy por hoy me causa gracia cuando mi hija la 3era me dice: “Que me duerma mi nana, tu duerme a mis hermanos”. Hace unos años, hubiera muerto.  Me he superado a mí misma. Sé que una cosa no quita la otra.


Por eso, cuando alguien me pregunta si no me llega que prefieran una tarde jugar con la nana o que ella los acueste, digo no. Sé que mis hijos y yo tenemos un vínculo sólido y fuerte que se mantendrá a través de los años, y gracias a estas mujeres – las nanas – es que yo puedo hacer todas las cosas que hago. No les tengo celos para nada, al contrario les tengo mucha, muchísima gratitud.