El día sorpresa: el nacimiento



Pensé que sería un día común dentro de mi embarazo, tenía 34 semanas y planeaba dar a luz en la semana 36 por lo menos. Luché tanto haciendo de oídos sordos cuando muchos me decían “no llegas al 25 de agosto” porque yo tenía que llegar sea como sea, y era necesario empezar por creérmela. Mis bebitos tenían que nacer con buen peso y muy bien logrados, si no se podía llegar a término, por lo menos tenían que nacer lo suficientemente fuertes para mantenerse bien fuera de la incubadora, o no estar en ella por mucho tiempo.
Entré al consultorio presintiendo que algo estaba pasando. Esos dolores en la parte superior derecha de mi panza era Naelle pidiendo ayuda. Sus latidos estaban bajando y además de todo, mi útero ya no daba para más. Los bebés habían ocupado todo el espacio posible y ya no estaban muy cómodos. La que sufría las consecuencias era ella, la bebé. Así decidieron operarme en dos horas, “mejor afuera que adentro”, decía el doctor.

Salí del consultorio con el corazón a mil y las lágrimas a punto de explotar de mis ojos. Lalo empezó a coordinar todos los detalles y hacer llamadas para avisarle a la familia (mi mamá nos debía ayudar con el maletín que ni eso teníamos 100% listo). Pensaba y mi mente volaba, era un momento extraño lleno de emoción y alegría pero más aún de miedo. No sabía qué podía pasar y eso me paralizaba.

Dejamos la bulla de las coordinaciones y entramos al que sería mi cuarto. La enfermera le pidió a Lalo que me ayudara a subir a la cama y que ellas ya vendrían para monitorear los latidos. Él entró al baño y fue en ese momento que todo el peso cayó sobre mí, lloré sola, en silencio y con un terror que jamás había sentido en mi vida. Mis bebitos iban a estar tan cerca de mí solo por unos minutos más, entrarían a este mundo que es maravilloso y lindo pero también injusto y difícil muchas veces. Ellos no sabían siquiera que nacerían, estaban durmiendo tranquilos (pero apretados) y una mano extraña nos arrancaría de ese lugar al que ellos llamaban hogar. Lloraba de cólera e impotencia porque no pude aguantar más, lloraba por temor a que saliera muy chiquitos, pues a pesar que la última ecografía indicaba que él estaba con 2.500 y ella con 2.300 podía haber diferencias y no quería que sufran ni que pasen por momentos feos cuando llegaran. Era muy difícil entender que no era mi culpa, y que si tenían que nacer HOY, era porque estarían mejor de esa manera y sabe Dios qué podía haber pasado si me hacía la macha y los tenía ahí por más tiempo. La decisión estaba tomada, ellos nacerían en solo cuestión de minutos.

Ya con las piernas vendadas y todo listo, vinieron por mí para llevarme a la sala. Pasé por millones de camillas porque me pedían cambiar de una a otra en cada punto al que llegábamos (parecía una broma en ese momento, pero no, era real). Mi mamá y Lalo me acompañaron hasta la puerta en la que solo podía ingresar yo. Un beso en la frente de mi mamá y agarrada de la mano de Lalo me despedí por solo un ratito. Supuestamente el papá entraría cuando todo esté ya casi listo para el nacimiento. Yo lo esperaría.

“¡Ya está! ¡Todo listo! ¿Estás bien?”, mi doctor estaba ya con el uniforme y traje especial y su gorrito. Mis ojos se llenaron de lágrimas de nuevo y él me ayudó agarrándome fuerte la mano diciendo, “todo estará perfecto, confía en mí y los dos van a estar mejor aquí afuera que adentro. En un ratito te veo”. 

Empezó la preparación para la epidural, eso a lo que tenía pavor desde el día 1 que me enteré que estaba embarazada. Ahora, puedo decir que es lo más rico del mundo (me encantó), no me dolió nada de nada. La sensación de no sentir desde la cadera para abajo es un poco frustrante, sabes que tienes tus piernas ahí y a pesar que tu cerebro quiere moverlas, no se puede. Desespera un poco pero no duele nada. Todo bien hasta ahí, no sentía nada y estaba lista para el corte. “Un ratito, ¿¿¿mi esposo???”, el doctor me cambiaba de tema cada vez que preguntaba dónde estaba Lalo. Quería tenerlo conmigo ahí, a mi lado dándome las fuerzas que necesitaba, siendo mis ojos, o simplemente secándome las lágrimas. Pero no, él no entró. Ya luego me enteraría porque el doctor decidió no dejarlo pasar.

Cerré los ojos y le pedí a mi papá que me acompañe. Que me de esas fuerzas que siempre me dio cuando estaba aquí conmigo, lo vi y lo pude sentir. Sentí como alguien me agarraba la mano derecha y al abrir los ojos y voltear a mirar quién me estaba tomando de la mano no había nadie. Era él, estoy segura de eso.

Pasaban los segundos que parecían horas y poco a poco me fui haciendo la idea que todo comenzaría sin él. Traté de tranquilizarme mirando a los lados, tratando de buscar algún rostro en el cual concentrarme y no pensar en nada  y de pronto los vi. Levanté la mirada y ahí estaba su reflejo en el reflector. Todo había empezado y vi cada uno de los pasos que hicieron en mi cuerpo: el corte, capa tras capa y ahí estaban ellos. Echaditos uno al lado del otro, durmiendo, sin tan solo imaginar que estaban entrando al mundo ayudados por un extraño. Escucharían algo más que mi voz y los latidos de mi corazón en un ratito.

Salió Marcel y se lo llevaron para limpiarlo, nada de contacto piel con piel ni nada de eso. Esto era diferente. Dos minutos después salió Naelle, yo lloraba y los seguía con la mirada. “¡¡¡¡Por qué no lloran!!!!”, empecé a gritar con algo de desesperación. “¡Por favor, díganme qué pasa! Por qué no lloran”, y lloraron. Fuerte y claro los escuché pero no era suficiente, ¡necesitaba verlos! “¡Por favor, enséñenmelos! ¡Siquiera de lejos, pero quiero verlos!”. Y los vi, envueltos en mantas y llorando los vi y por fin entendí que los dos estaban vivos. Sí, era uno de esos temores escondidos que muchos tienen y nunca dicen, que uno de los dos naciera sin vida. Luego de eso me dormí.

Desperté pensando que pronto podría cargarlos, llegaría a mi cuarto y esperaría solo un poco más para cargarlos, tenerlos en mi pecho y conocerlos por fin. Escucharían mi voz y sentirían que están en su lugar seguro otra vez. Solo quería que el tiempo pase rápido. Necesitaba de ellos, y ellos seguro también de mí.

Pero a veces las cosas no salen como uno espera, o desea. Llegando al cuarto alrededor de las 6:00 pm, con la orden de no hablar Lalo me contó que los bebés estaban en observación, estaban aún en incubadora porque al abrir el saco de Naelle se dieron con la sorpresa que estaba ya empezando a hacer sufrimiento fetal, también encontraron un poco de líquido meconial.

El meconio son las primeras heces del bebé, compuestas por materiales ingeridos durante el tiempo en el que el bebé pasa en el útero: células epiteliales intestinales, lanugo, moco, líquido amniótico, bilis y agua.

El meconio se almacena habitualmente en los intestinos del bebé hasta después del nacimiento, pero en ocasiones (a veces en respuesta al sufrimiento fetal) es expulsado al líquido amniótico antes del nacimiento o durante el parto. Si el niño inhala entonces el fluido contaminado se pueden producir problemas respiratorios clásicos del síndrome de aspiración de meconio.

Miles de preguntas escritas en un papel, porque luego de la cesárea recomiendan no hablar para no llenarse de gases, para todos los que me estaban esperando. Preguntas como: ¿Cómo están? ¿Cómo son? ¿Cuánto pesaron? ¿Todo está bien? ¿Hay alguna complicación? ¿El apgar? Y muchas cosas más me inundaban a la velocidad del rayo. Vi muchas fotos que les tomaron, eran realmente hermosos. Dos angelitos que pesaron menos de lo esperado (primer trauma) y salieron antes de lo planificado, pero angelitos en la tierra al fin.

Ese día no podía pararme de la cama, el doctor indicó que por haber perdido mucha sangre (cuando es parto múltiple se pierde más sangre de lo normal) descanse para estar bien al día siguiente. ¿Cómo podría dormir pensando en mis bebés? Ellos lejos de mí, pensando en dónde estarán y qué significa este cambio. Y yo, en la cama de mi cuarto sintiéndome la peor mamá del mundo. Cerré los ojos pidiéndole al cielo que al día siguiente la historia sea diferente.