Lactancia materna: Lo que necesita tu bebé eres tú



El otro día escuché en uno de los vídeo que ve mi hija de 3 años, que una enfermera Lego le decía a una mamá Lego que acababa de dar a luz: "Relájese, señora, para que le salga la leche". 

Me hubiera encantado que me dijeran lo mismo cuando di a luz a mi primera bebé. Pero no, la de turno no quería ni que comiera luego de 8 horas de trabajo de parto, porque "su hija tiene hambre y tiene que darle de lactar". Como comprenderán, bastante me relajó 1) no saber amamantar, ¡si no lo había hecho nunca!; 2) enterarme de que mi bebita tenía hambre y yo, solo yo y nadie más que yo podía calmar su llanto y 3) ¡tener hambre!

Por supuesto que vino mini Cristina y no salió ni aire. Lo que sí pasó es que se prendió en pos de mamá y su calor -no conocía cuán importante era esto en ese entonces... Benditas clases de psicoprofilaxis a las que falté- y claro, cuando verdaderamente le dio hambre, pedí que le dieran fórmula. Fin de la historia de mi primera lactancia: Solo -bueno, ¡felizmente!- le di calostro y poco más. Peor hubiera sido nada.

Viví mucho tiempo fatal con la culpa: Cuando daba biberón en la calle, me decían que por qué no daba pecho, que era una floja, que por eso estaba gorda, BLA BLA... Y en las semanas de lactancia, ya no les digo, ver a los doctores contando toooooodos los beneficios de la leche materna, que los niños más inteligentes, que las defensas, que las alergias... Un día, decidí romper con ese círculo de dolor y mirar al futuro. Con los siguientes, otra sería la historia, me repetía. 

Nació Rafael antes de tiempo. Los días en UCI de mi chanchito me saqué calostro con un extractor eléctrico mientras miraba el celular, para relajarme y que saliera más (como lo dijo la enfermera Lego, qué sabia, je). Cuando estuve a punto de lograr más volumen, adivinen... Rafito salió de la clínica y no quiso lactar, era -es- un tragón y no estaba dispuesto a esperarme. Nuevamente, fin de mi lactancia: Ya no podía ponerme el extractor a cada rato, pues tenía que cuidarlo... Y cuando me lo pegaba, ¡¡¡¡waaaaaa!!! Poco le faltaba para gritar "¡¡¡de esta vaina no sale naaadaaa!!!". 

Esta vez la culpa me duró poco: Conocí la Disciplina Positiva, fui a cursos de psicología prenatal y entendí que mis hijos lo que necesitan más que toooodos los beneficios de la lactancia, es a una mamá tranquila y feliz. Ni estresada, ni frustrada, si acaso fracasada en este tema pero resiliente total. 

Con esto no te quiero decir que tires la toalla, creéte que amamantar es un regalo precioso para tus hijos. Yo no pude, no lo logré, no vencí mi ansiedad, pero, si Dios me regala otro bebé, volveré a intentarlo. Y si nuevamente no lo consigo, pues ya conozco el camino: Ese que está lleno de amor y cuidado de mí misma, porque es finalmente la felicidad de mi familia.

Y pondré el vídeo de mi hija en volumen alto cuando la enfermera de turno esté cerca.