Eduquemos para respetar



Hace unos días, en una tarde de juego entre mis hijos, tuvimos un incidente que me sacó un poco de cuadro, pero frente al cual, en cuestión de segundos, tuve que decidir cómo afrontar.

Joaquín y Ania estaban jugando a hacerse cosquillas persiguiéndose por toda la casa. Ania se carcajeaba agudamente y a Joaquín le causaba gracia que los intentos cosquilleros de ella fueran delicados toques con sus dedos. “Mamá, que Ania te haga cosquillas”, no cesaba de decir y me observaba haciendo una seña con sus cejas para que note la pequeña caricia con la que ella trataba de hacernos cosquillas.

Todo marchaba bien hasta que, entre risas y juegos, Ania se acercó por atrás a Joaquín y, en una, le bajó buzo y calzoncillos, dejando expuesto su acolchonado trasero. Joaquín se empezó a reír, su subió el pantalón y se lanzó hacia ella para hacer lo propio.

Ella empezó a gritar con carcajadas su palomillada y a tratar de esconderse porque sabía lo que venía. Ya podían escuchar mis nos, en diferentes tonos e intensidades, pero no pude evitar lo inevitable. ¡Zas! Joaquín le bajó el short a ella, pero -noté- se cuidó de no bajarle el calzón.

Los mandé a cada uno a su cuarto mientras en mi cabeza armaba el speech diferenciado por edades que le daría a cada uno.

Primero hablé con ella acerca del respeto al otro, de las partes íntimas y que uno nunca debe exponer las suyas ni las de los demás. Mirada compungida.

Con él, arranqué la conversación de manera similar y él replicó: “ella lo hizo primero”. Ésa era la frase que estaba esperando para recalcar algo que estoy tratando de enseñarle desde hace un tiempo. 

“Tu conducta, hijo, no se debe regir por lo que hagan los demás. Tú debes decidir cómo comportarte en función a lo que tú consideres que es bueno o malo”, fue lo que le dije y que él recibió con sorpresiva humildad, como si solo estuviera esperando la confirmación de lo que en su mente ya sabía.

Últimamente tengo ese tipo de confrontaciones entre ellos. Si Ania no quiere darle el control remoto a Joaquín, el otro se cree con el derecho de jalonearla y arranchárselo. Y como él se lo arranchó y la otra no quería, ella cree que puede patearlo o darle un manotazo.




“Pero mamá, yo quería el control y ella no me lo quería dar, por eso se lo tuve que quitar”, suele ser el tipo de argumento que recibo de ambos, de manera espontánea y -según ellos- justificatoria. Y es que es parte de nuestra naturaleza humana esa tendencia a no querer asumir responsabilidad por nuestros actos o impulsos y culpar al otro. Actuar de manera diferente, conscientemente y con respeto, es algo que debemos aprender e inculcar en nuestros hijos desde chicos. La sociedad nos lo agradecerá.