Quiero que Mi hijo sea Perfecto


Creo que a estas alturas ya es obvio para muchas que tengo una pequeña obsesión con mi hijo mayor. No, no es que lo quiera más que a sus hermanas, ni le tenga más camote o me lleve mejor con él, nada por el estilo. Los amo a los 3 con la misma intensidad. Pero, con él tengo una leve (muy leve) obstinación porque sea perfecto. Tengo la necesidad que nada falle. Nada en él, ni en mí, debe fallar. Mi maternidad debe ser perfecta, mi hijo debe ser perfecto.

No sé si es porque con él me estrené como madre y con él – al ser el primero - experimento muchos hitos maternos por primera vez.  O quizá, es porque como dice Elizabeth Badinter: al dejar mi carrera, mi profesión convertí la crianza de mis hijos en mi obra maestra. Y al ser ellos mi gran obra maestra, no admiten errores. Y precisamente, porque fue con él (cuando lo tuve a él) que decidí quedarme en casa y avocarme en cuerpo y alma a mi gran obra maestra, es también con él con quien soy más perfeccionista.

Caí en cuenta de esto la semana pasada cuando conversaba con mi hermana sobre las nuevas clases de apoyo en escritura para mi hijo (abaladas al 100% por la obsesiva abuela).  Mientras le contaba a mi hermana que le había contratado clases particulares – a pesar que en el colegio ya está recibiendo ayuda extra – mi hermana gritó: “¡Basta! Dejen en paz al pobre niño. NO tiene que ser perfecto. Déjalo que falle en algo. ¡Por Dios! Déjenlo tranquilo. Déjalo ser”.

Y ¡oh!¡horror! me di cuenta que mi ser ultra competitivo, obsesionado, perfeccionista y control freak enfocado en mi “gran obra maestra” le está ganando a mi ser racional, ecuánime el que escribe posts del tipo: lo perfecto es enemigo de lo bueno. Sin querer queriendo me estoy convirtiendo en el monstruo que no quiero ser me estoy convirtiendo en la neuro-madre que no quiero ser, aquella a la que le dediqué más de un post.

No sé qué está pasando. De un tiempo a esta parte, todo me preocupa. En parte es porque veo que mi hijo crece y sé que me juzgaran por sus logros (y obvio, quiero ser bien juzgada) pero debo reconocer que querer que juegue fútbol como Cristiano Ronaldo, que nade como Michael Phelps (aunque odie la natación), que juegue tenis como Roger Federer, golf como Tiger Woods, en fin que sea top de los top, y por supuesto, que saque las mejores notas posibles en el colegio y que sea el más cool. Es no sólo imposible, si no contraproducente.

Pero, admítanoslo yo creo que todas hemos soñado en algún momento cuando vemos que nuestro hijo mete un gol, o hace ese punto o se saca ese diploma, que quizá algún día llegue a ser una estrella en el deporte o un connotado intelectual.  Lo hemos fantaseado, soñado. Pero – y acá viene lo importante -  la gran diferencia está en que hemos podido separar fantasía de realidad. Hemos dejado de lado la fantasía para asumir la realidad, aceptarla y quererla como nuestra.

Y la realidad para mí, es que mi hijo es ya mi gran obra maestra, una obra en proceso que es perfecta tal y cómo está, perfecta con defectos y virtudes, con subidas y bajadas. Y así, imperfecto, real, me gusta a mí.


Esa clase de apoyo, ¡ha sido cancelada!