¿Quién quiere una mamá perfecta?


¿Quién quiere tener una mamá perfecta? Ni idea, nunca he conocido a nadie que la quiera. Todos sabemos que nuestra mamá no es perfecta e igual la adoramos y la valoramos muchísimo. Y aunque no tengas esa suerte, estoy segura que no fantaseas con una mamá “perfecta”. Entonces, ¿por qué cuando se trata de nuestros hijos, sí queremos ser mamás perfectas para ellos? Será qué el mundo de hoy se ha vuelto muy competitivo y la sobre-oferta de charlas, consejos y tips de crianza no solo orientan, sino ¡presionan! Quiero liberar un poco esa presión revelando una importante verdad: nadie necesita una mamá perfecta. Precisamente los errores de mamá juegan un papel muy importante en el desarrollo positivo de su hijo.
¿Qué significaría ser una mamá perfecta? Una mamá perfecta siempre acierta cuando se trata de entender que es lo que su pequeño necesita y sabe satisfacerlo con 100% de precisión. Una mamá perfecta nunca le ha dicho a su hijo algo de lo que después se haya arrepentido. Jamás fantaseó con mandar a su hijo en un crucero (¡por decir lo menos!) para dormir, pintarse las uñas, ver una película y comer en la cama. Por último, ella disfruta cada momento con su hijo, es más, cada segundo. Y por supuesto, nunca ha tenido cólera o rabia hacia su hijo, solo siente hacia él amor puro y todo lo que él hace le encanta….Esta mamá está empezando a sonar genial, ¿por qué nadie la quiere?
Pues este hijo (¡imaginario espero!) de la mamá perfecta, se está perdiendo lecciones importantísimas. Así como es claro que todo bebe necesita aprender a sentarse, comer, hablar y otros, también es fundamental que los bebes desarrollen sentido de sí mismos, conozcan su cuerpo y lo reconozcan como propio; y eso sólo lo pueden hacer a través de sentir necesidades. Al nacer, un bebe no conoce ninguna necesidad (hambre, sueño, frío), pues dentro de mamá todas ellas eran cubiertas al instante. Ahora, fuera de la barriga, tiene la oportunidad de experimentar por primera vez en su vida esas necesidades, pero no podrá hacerlo si mamá lo entiende y satisface a la perfección. Esperar antes que alguna necesidad sea cubierta le posibilita al bebe registrar esa necesidades como tal y empezar a sentir su cuerpo. Por ejemplo, tener hambre por un pequeño periodo de tiempo (mientras mamá descubre que tiene hambre) le permite registrar su hambre, sentirlo realmente, saber en qué parte de su cuerpo se siente y apropiarse de esa experiencia. Esto además le da la oportunidad de tolerar tensión corporal.
En la misma línea, un bebe que debe esperar, por ejemplo, que la mamá termine de ducharse y cambiarse antes de que lo puedo cargar y calmar su llanto y abrazarlo, está aprendiendo también. Aprende que mamá es una persona separada de él, con necesidades individuales y que, aunque lo adora, no vive para él. Tremenda lección y quizás hasta dolorosa para un bebe, pero absolutamente fundamental para tener relaciones exitosas el resto de su vida.
Ahora pasemos al niño más grandecito, quien ya está soltando unas palabras. En este periodo los niños ya tienen intenciones más claras y deseos más potentes que necesitan ser entendidos. El deseo de hacerse entender es la mejor motivación para seguir aprendiendo a hablar. ¡Qué frustración se debe sentir el recibir una cucharada más de puré cuando estabas queriendo dejar de comer! Entonces, una mamá perfecta que entiende a su hijo tanto que parece que le lee la mente, no ayuda, sino entorpece. Esta mamá no le dará ninguna motivación para hablar. Una mamá imperfecta (o suficientemente buena) en cambio, no está en perfecta sintonía con las necesidades de su hijo, sino que necesita que él le haga saber de forma clara qué quiere.
Esta mamá que necesita palabras más claras de su hijo y que a veces malentiende sus primeras entreveradas palabras lo ayuda también a completar su proceso de individuación, a sentirse una persona por sí misma, independiente y diferente de los demás. Los errores de mamá en entenderlo lo incomodan precisamente porque subrayan que hay diferencias entre él y mamá, pero esas son las diferencias que lo ayudan a terminar de separarse de ella e independizarse.
La mamá “suficientemente buena” se ha equivocado más de una vez y ha herido a su hijo, sin lugar a dudas eso ha sido doloroso, pero no olvidemos que si ha sabido disculparse con él, le ha dado también la oportunidad de perdonar. Además, le ha dado un muy buen ejemplo sobre cómo reparar cuando se ha herido. Esta también mamá se agota, los sacrificios que hace le pasan factura y no siempre siente que la maternidad es fácil o hermosa. Entonces siente cansancio, frustración y rabia. Lejos de sentir culpa por eso, esta mamá tiene que saber que está teniendo una experiencia muy saludable; la vida, las personas, las situaciones en general nunca son totalmente buenas ni totalmente malas y el hecho que ella pueda experimentar su maternidad así, con ambivalencias pero finalmente feliz, es un signo de su salud emocional. Y si mamá tiene una experiencia integral (con buenos y malos) de su maternidad le está enseñando su hijo de la manera más auténtica a ver el mundo así también y a tolerar ambivalencias. Esta mamá que se permite tener sentimientos “negativos” hacia su maternidad y hasta hacia su hijo le enseña a tolerar los sentimientos negativos que él experimente. Que ella pueda sentir cólera y tolerarla y, lo más importante, sobreponerse a ella, le enseña al pequeño a hacer lo mismo. El podrá sentir cólera y no necesitará actuar su cólera (pegando o gritando) pues ha visto y sentido cómo su mamá aceptó y superó su cólera sin actuarla.
Los errores nos hacen reales, nos obligan a practicar la tolerancia, nos empujan a ser pacientes, nos recuerdan que lo bueno cuesta y nos hacen ser agradecidos. Por todo ello, después de un mal día, antes de sentirte culpable por tus errores, siempre recuerda: ¡no tienes que ser perfecta! Pues como dicen por ahí: lo perfecto es enemigo de lo bueno.