El mejor día de su vida




El mío es fácil: mi matrimonio. #PeroObvio Casarme con el amor de mi vida, rodeada de mi familia y amigos, tonear hasta que apagaron las luces y destrozar mi vestido (y sin tenerme que quitar nunca los zapatos!) LE GANA DE LEJOS a mi parto de 35+ horas, natural y sin epidural (claro, claro. Conocer a mi hija hizo que todo valiera la pena. Pero igual.) Y antes de eso, ¡cuál habrá sido! Seguro hacía meses o años desde ese día; y antes que ese, otros meses (u años!). Y es que con el tiempo se pone más difícil. Digamos que hay como mucha responsabilidad en ese “mejor día de tu vida”.
Pero para Mucita, a sus 8 meses, ha habido varias veces en que he dicho: este debe ser – hasta ahora – el mejor día de su vida. Y es que claro, a esta edad todo es nuevo. Es increíble ver como cada día aprovechan más de cada experiencia, cada día son más curiosos, y cada día más presentes (qué paja es ser niño, ¿no?). Y desde que pienso esto, también siento que, como su madre, casi es mi deber regalarle esos momentos que hacen de sus días “el mejor de su vida” – hasta ahora.
Como cuando tenía tres meses y salimos a caminar, se puso a llorar en su coche (que en ese entonces era una camita, y no podía ver nada más que el mismo techo del coche). Hacía frío, pero como estaba con su súper traje de astronauta, decidimos sacarla. Y LO VIO TODO. Las tiendas, las luces, la gente pasar. Esos ojos grandotes que tiene, los tenía más abiertos que nunca. Luego fuimos a un restaurante, se sentó con nosotros y sonrió hasta quedarse dormida. Ese día pensé: este, sin duda, fue el mejor día de su vida.
O cuando fue a Lima a sus casi cinco meses. Ahí fue un día tras otro. El día en el avión y la cantidad de gente a la cual observar y regalarle una sonrisa. El día en la terraza de la playa, ligera de ropa y dominando el arte de darse la vuelta: de panza a espalda, de espalda a panza. Superman. Banana. Superman. Banana. Y luego el día en que jugó con sus patitas contra la arena.



Y así, día a día, mes a mes, tantas más experiencias. Su primer viaje en ferry y su carita al ver el mar por la ventana; ir cargada en hombros de su papi mientras jugaban en el parque, o cuando nos compramos la bicicleta con asiento de bebé: ¡no paró de reír mientras manejamos de regreso a casa!. Definitivamente el mejor día de su vida (hasta ese día). Quizá luego superado por el picnic en el parque, rodeada de música y de gente, y luego por este otro día en que fuimos a ese sitio cerrado repleto de juegos en donde papi y Mucita corretearon para probar todos los saltarines, colchonetas y túneles del local. Días antes de eso, habíamos estado tocando y conociendo animalitos. Nuevamente esos ojos grandes, más grandes que nunca.

Y así andamos: coleccionando “mejores días de su vida” para nuestra hija – quien aunque de aquí en unos años no se acuerde de nada, no por ello cuenta menos. Además, para eso estamos nosotros, nuestra memoria, y con un poquito de ayuda de la tecnología


(yo siempre detrás de la cámara…)