Quiero ser el mejor espejo




De cuando en vez y de vez en cuando, me dan ganas de llorar. Soy muy intensa, lo sé. Muy sensible, aunque parezca de hierro. Tal como mi hija Cristina.

Cuando mi amiga psicóloga me dijo, hace unos días, "¿te das cuenta de que se parece a ti en eso?", me quedé pasmada. Pensé y pensé... y es cierto. Me veo en Cristina, en sus estreses, berrinches, iras y ansiedades.

Uno de mis grandes temores en la vida se hizo realidad: Mi hija heredó mis peores rasgos psicológicos. Deseé tanto que no sufriera, me prometí no exigirle nunca perfección... y resulta que ella solita se autoxige. Ella quiere ser perfecta, ella quiere que el mundo sea perfecto y no se perdona fallar. Ella quiere controlar la vida y que las cosas se hagan a su modo. Ella no soporta que papá Raúl le ordene SUS cosas... tal como yo.

Podría lamentarme, pero ¿de qué sirve? Te cuento algo: Cuando llevé a Cristina a su primer control con el pediatra, a los días de nacida, tenía conmigo una libreta. Allí había anotado dudas para preguntarle al doctor. Misses perfection. Antes de poder hablar, me puse a llorar. Me tapé la cara con la libreta, siempre tuve vergüenza de llorar delante de la gente. Me sentía pésima porque mi bebé no tomaba mi leche, y porque pensaba que le estaba pasando mi ansiolítico en el calostro. Me sentía demasiado culpable de eso, del sol, del aire, del polvo. De todo. Secándome la cara, dije: "Pero bueno, Tato, el daño está hecho". Preguntó, sorprendido: "¿Tu hija es un daño?".

No, mi hija no es un daño. Es una princesa hermosa llena de vida, apasionada y graciosa como su madre. Si tiene mis defectos, ¿qué? Tendrá además los propios. Y luchará, como yo, por mirar siempre de frente, por levantarse y llorar si hace falta, pero luego limpiarse la nariz, a su estilo, y seguir riendo.

Y lo mismo haré yo, para darle ejemplo. ¿Te imaginas? A mis 36 años, voy a luchar por aceptarme tal como soy, por dejar de pedirme la luna y ser feliz con las piedras. Espero que así ella lo empiece a lograr con tan solo 3 benditas primaveras.


Si te ocurre algo parecido, convéncete -y así me convenceré yo-: En medio de nuestra humana imperfección, somos perfectas. Papá Dios nos hizo así. Y como madres, tenemos una tarjeta de crédito para el autoperdón.