No pidas lo que tú no haces


Pedirles a nuestros hijos que se comporten así, que hagan esto y no lo otro, que “esa no es la forma de contestar”, que eso está bien y eso está mal, es nuestra tarea. Y es muy fácil de pedir. Finalmente nosotros somos los padres y las primeras guías de nuestros pequeños. Somos su ejemplo, y probablemente, a su corta edad, la persona que les inspira a ser de grandes. Por muchos de sus primeros años somos “la autoridad” (qué feo suena, pero es la verdad). Somos quienes decidimos muchas de las cosas, quienes imponemos normas y reglas para su desarrollo.
Cada familia (mamá, papá o abuelos) tienen su forma de criar, su forma de decir las cosas y su perspectiva de la misma crianza. Pero estoy segura que todos queremos lograr un mismo objetivo: formar niños felices que sepan respetar y portarse de manera adecuada ante cualquier situación que se les presente.
Y para lograr este fin tratamos de guiarlos en su comportamiento para que sepan que está bien y que no. Pero ¿qué pasa cuando les pedimos algo y no existe coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos? La tarea se vuelve mucho más complicada.
¿Cómo le pedimos a nuestros hijos que no hagan algo si nos ven a nosotros (su más grande ejemplo en la vida) que hacemos lo mismo? Y eso puede pasarnos a cada instante. Les podemos estar gritando para pedirles a ellos QUE NO GRITEN. Y muchas veces la desesperación o el enojo no dejan que nos demos cuenta.
No podemos insertar una dieta balanceada, sana y rica en vitaminas y proteínas en nuestros hijos cuando nosotros mismos no seguimos una alimentación saludable y con todos los requisitos que les estamos pidiendo a ellos.
Tratamos que nuestros hijos sepan respetar a los demás, compartan sus cosas y toleren diferencias (entre primos, amiguitos del nido y otros niños de su edad), pero lo mismo deberían ver en casa. Saber que existen diferencias entre las personas y que con respeto todo se puede resolver. Sino ven eso, estamos locos exigiéndoles algo así.
Vivir de forma incoherente no solo confunde la mente de nuestros hijos, sino que también hace que pierdan la confianza en nosotros. Ya que si nosotros no seguimos lo mismo que les pedimos, estamos faltando a nuestra palabra.

Es cierto que no solo somos padres, sino también seres humanos y estamos en todo el derecho de equivocarnos y fregarla. Pero es importante que sepamos admitir nuestros errores frente a ellos, saber disculparnos y esforzarnos por ser mejores para ellos, pero sobretodo para nosotros mismo.