Explosiones de una mamá militar



Me pasó la tranquilidad que tanto necesité. Que tanto quise. Lo miré, miré a mis pedacitos de cielo durmiendo tan bellos, tan inocentes. Junte mis labios con los suyos, me abrazó y me dijo: “Todo va estar bien”. Sentía que el calor de su pecho también abrazaba mi alma.
Así fue la última despedida de mi esposo, íntima y nostálgica. Me llenó de energías para mis noches más oscuras y solitarias. Pero hay días y días. Y ayer fue uno de eso días que uno quisiera explotar, me sentí retada en una manera que mi mente no podía soportarlo. Sin embargo no lo hice.
Soy una persona muy positiva pero sentía que tocaba fondo y no es que me estoy arrepintiendo de la decisión de volverme una mamá militar, pero estar lejos de mi familia y actuar como si todo estuviera bien, me debilita.
Todo el aguante se ha convertido en un puñal en mi pecho, un dolor constante con el que me levanto y me voy a dormir. Y hoy en plena práctica de campo el cielo comenzó a llover y yo con él. Mis lágrimas se me venían camufladas con las gotas de lluvia, nadie caía en la cuenta. La lluvia lavaba mi alma, me abrazaba y me invitaba a llorar.

A veces reprimimos sentimientos tan naturales como el llanto sin darnos cuenta que llorar nos ayuda a limpiar heridas y penas, que no desaparecen pero las alivia. Ya no esperaré que llueva otra vez para liberarme de esta pena. Mejor lloro, pero también sueño, sueño que ya llega el día que tendré a mis bebés conmigo, abrazarlos, darles mil besos y oler su cabellito para sentirme en el cielo.