De cansancio y maternidad



Ser mamá es difícil. Nadie me lo dijo y así lo hubieran hecho no creo que me hubiera imaginado la magnitud de sus palabras. 

¿Qué tiene de difícil cuidar a un bebé las 24 horas? ¿Qué más hay a parte de darle de comer, cambiarle el pañal y hacerlo dormir? 

Todo.

La monotonía de los días, la soledad, el querer conversar con alguien que sea un adulto, y de temas que no involucren cacas, controles, pesos, lactancia, sueño... 

La frustración de creer que estás haciendo las cosas mal. Cuando ves que se muere de sueño pero no quiere dormir, entonces lo meces, se duerme, lo pones en su cuna y se despierta llorando, entonces tienes que repetir todo el proceso de nuevo. Fallaste, no lo dejaste en la cuna suavemente, te olvidaste de cambiarle el pañal, no leíste sus signos de cansancio a tiempo, fallaste y fallaste. Ahora llora y no sabes qué hacer. Frustración.

El sentimiento de culpa por quejarte de una vida que todos consideran fácil. Culpa por contratar a alguien que te ayude con la limpieza, culpa por contratar a alguien que te ayude con el bebé. Culpa por querer una vida propia y no ser esa persona en la que te has convertido, que ni se arregla, ni se cuida ni tiene fuerzas para sonreír y caer bien.

La duda sobre todo. Duda sobre su futuro y en que todo lo que hagas repercutirá en quién va a ser de grande. Duda sobre tus decisiones. Duda sobre absolutamente todo lo que estás haciendo.

El cansancio. Estás tan cansada que ya te olvidaste qué hiciste ayer. Por más que te esfuerzas en acordarte si le toca comer no tienes ni idea. No hay fuerzas para hacer algo que demande más que lo mínimo indispensable para funcionar. 

La desesperación de pensar que nunca va a acabar. Que nunca vas a poder dormir. Que hoy es un diente y que mañana será un resfrío, pasado una vacuna, y así seguirá interminablemente. No hay luz al final del túnel. La vigilia eterna. Así tengo que vivir. Para siempre.

La vergüenza de estar escribiendo estas palabras y no simular que ser madre solo tiene la cara maravillosa que te muestran los comerciales de harina blancaflor.

Y esto, sumado a ciento cuarenta y tantas noches sin dormir resultan en la zombie en la que me he convertido. Suficiente para disfrutar de cómo crece Esteban y las cosas nuevas que hace cada día. Pero que no alcanza para mantener una conversación decente a las 8:00 de la noche con mi esposo, cuando Esteban ya está durmiendo y yo no puedo dejar de pensar que la faena no perdona ni las madugadas.

No me tomen a mal, amo a mi hijo y convertirme en mamá ha sido la mejor experiencia de mi vida de lejos. Pero es duro. Inimaginablemente, inexplicablemente, asombrosamente duro. 

Aceptar todos estos sentimientos y seguir adelante también es parte de ello.