Por favor no me presiones



No hay nada más horrible que sentir que tus amigas te presionan para que hagas algo “como ellas lo hacen”. Y es que en el mundo de la maternidad, existen miles de formas para hacer algo y todas están bien si tú y tus hijos así lo sienten. En este gran mundo también está permitido equivocarse y remediarse y volverse a equivocar… pues ninguna de nosotras nació sabiendo ser madres.

Cuando decidimos hacer algo y sentimos que nos está funcionando, que nos sentimos cómodas haciéndolo y creemos que es lo mejor para nuestros hijos; lo último que necesitamos es que venga alguien y nos diga que todo eso que estamos haciendo… está mal. ¡Sobretodo si somos madres por primera vez! Créanme que para haber llegado a hacer algo es porque o lo hemos pensado bien o lo hemos investigado o lo hemos probado.


Les cuento que yo decidí no usar el coche con Iker porque muchas de las veces que lo ponía él se quejaba y la pasaba mal. Decidí probar varias veces y me convencí de que no funcionaba para él y tampoco para mi. Opté por siempre usar el canguro ergonómico donde ambos, Iker y yo, estábamos felices (y cómodos). Vamos porteando casi la edad que él tiene (18 meses) y nos gusta y nos encanta.

La última vez que probé ponerlo en un coche fue en un viaje familiar donde me regalaron un cochecito bastón y que a pesar de que dudé usarlo… decidí, finalmente, darle una última oportunidad. Resulta que a pesar de que Iker no la pasó taaaaan mal como solía hacerlo, yo me sentí muy incómoda: no podía verle la carita, no podía interactuar con él rápidamente, tenía que tener mucho cuidado por dónde pasaba, tenía que buscar dónde estacionar el coche, tenía que preocuparme por el coche, tenía que buscar pasadizos amplios (en tiendas) para poder pasar con el coche, etc. No me funcionó, no me gustó y no me acomodó. Ahí fue que decidí nunca más intentarlo. Deje el coche de lado, lo borré de mi mente y lo regalamos.

Continuamos con el porteo muy felices hasta que conocí a una nueva amiga. Con ella teníamos en común a los hijos; ella tiene una hija de 16 meses y yo a Iker de 18. Las dos somos latinas y estábamos en Seattle desde hace poco ah… y casi me olvido, y las dos vivimos al costado (somos vecinas).

¡Qué hermoso! Por fin tenía una amiga cerca. Empezamos a vernos todos los días para llevar a nuestros hijos al parque, a storytimes, a juegos, a comer algo, etc. Resulta que cada vez que íbamos a comer, ella ponía a su hija en el coche, la aseguraba y se sentaba tranquila para comer. Mientras que yo, me sentaba con Iker o encima mío o al costado o en una sillita alta del restaurante.
Su hija se quedaba tranquila en el coche durante lo que duraba la comida… mientras que Iker, un explorador innato, comía y luego se iba a caminar o a ver qué más había por ahí. Esto pasaba varias veces en las que yo tenía que dejar de comer para poder acompañarlo.

Un día, mi amiga me dijo que me faltaba ser más dura. Que el coche me ayudaría mucho a serlo porque lo dejaría amarrado y yo podría por lo menos, comer tranquila. Me dijo que mi espalda no me va a aguantar más tiempo por el peso de Iker y que debería considerar comprarme un coche. Me comentó que los niños se van a quejar un rato cuando algo no les gusta pero que luego, se van a dar cuenta que es lo que es. Yo la escuché, la seguí escuchando hasta que mi cabeza dijo BASTA. Yo no necesito de esto. Yo ya probé usar el coche y a ninguno de los dos nos funciona.
Le expliqué mi experiencia con el coche y lo que creo en cuanto a la dureza que debemos tener con nuestros hijos – yo creo en respetar lo que Iker quiere y tratar de ser empática con él en todas las situaciones.

Parece que lo que le conté no le funcionó y me siguió insistiendo (otros días) en que el coche sería mi salvación para domar un poco a Iker y para que yo me sienta tranquila.

Por favor amiga, no me sigas presionando.” Fue lo que le dije.
“Yo ya probé con el coche y a ninguno de los dos nos gustó. Yo no quiero imponerle a Iker que no sea explorador o que no se mueva porque yo si quiero que lo siga haciendo y porque me gusta verlo 100% como es.” Le seguí diciendo. Mi amiga sorprendida decidió no decir mas.
Luego, mientras caminábamos por un café en la mañana, le pregunté si ella también besaba a su hija a cada rato. Fue una pregunta inesperada porque se me ocurrió mientras atacaba a besos a Iker (el estaba cerquita a mi gracias al canguro). Ella se rió y me dijo: “Creo que no. Es porque ella va sentada en su coche y no tengo cómo besarla tanto…” se quedó pensando, la sacó del coche y le dijo (a su hija) “ Ahora te voy a dar más besos.”

Fue en ese momento en el que tenía muchas ganas de decirle que quizás dejar el coche y empezar a usar un canguro la ayude a darle más besos a su hija… pero me di cuenta que decirle eso sería hablar con el hígado – como dice mi mamá – y no con el corazón. Decidí no decirle nada y solamente alagar lo que había hecho con su hija en ese momento.


Abracé a Iker y le susurré en el oído que lo amaba y que nunca me había sentido tan bien con lo que hacíamos.