Donde todo empezó



Pensé por muchos días sobre qué escribir en mi primer post para la comunidad. Consideré escribir sobre consejos, cartas a diferentes tipos de mamás (la primeriza, la mellicera, la pro lactancia materna, la que trabaja fuera de casa, la mamá full time), en recetas ricas y nutritivas para lograr que los hijos coman bien, y muchos otros temas. Luego llegué a la conclusión que lo mejor era empezar por el principio (valga la redundancia) y contarlo todo una vez más. Después de todo, es un cuento nada difícil de repetir, sino todo lo contrario. Es tan mágico que vale la pena contarlo mil veces.
Hace un tiempo, mi esposo y yo después de habernos casado decidimos formar una familia (qué ilusa fui al pensar que todo dependía de una decisión). Queríamos ser más de dos sentados en la mesa y también, por qué no, más de dos echados en la cama un domingo por la tarde. Fue así como decidimos empezar eso que tanta gente preguntaba incluso antes de casarnos: ¿Y para cuando los bebés?. A lo que yo al principio respondía sin molestia alguna: seguro que muy pronto llegan. 
Esas preguntas que al principio eran respondidas con sonrisas y voz relajada fueron cambiando por respuestas secas y de mala gana sin querer. Y es que a pesar que la gente no lo hace con ninguna mala intención, pueden resultar incómodas si ya pasaron algunos meses y nada, no podía quedar embazada (moraleja: nadie sabe lo que uno vive por dentro, por eso es mejor callar). Fue lo que me pasó a mí y confieso ahora que lo que dicen del estrés, es 100% real. Hice de todo: me bajé las famosas aplicaciones para las fechas fértiles (y encima podía elegir si quería hombrecito o mujercita), termómetro hormonal, tiritas para ver ovulación, y sabe Dios cuantas cosas más. Y… nada.
Tal vez muchos piensen que “unos meses” de búsqueda no es suficiente para desesperarse. Y es verdad, pero yo me caracterizo por poner una dosis extra de tensión a determinadas situaciones. Y eso no ayuda mucho.
Luego de conversar con mi esposo no esperé más y busqué ayuda profesional. La aventura de buscar a mi bebé (porque hasta ese momento yo pensaba que tendría uno) empezaba con un poco de dolor, pues no es fácil someterse a pruebas que hasta escuchar el nombre duele (histerosalpingografía por ejemplo fue la primera). El doctor trataba de convencerme y recalcarme que todo estaba a mi favor: mi edad, mi condición física, la condición de mi esposo, todo era positivo para lograr un embarazo exitoso según él; pero yo solo pensaba en salir embarazada y tener a mi bebé pronto. Lo único que para él no estaba funcionando bien, era mi nivel de ansiedad y estrés por tener un bebé.
Uno de esos días, hablé con una persona que me dijo algo que creo que marcó el inicio de mi “maternidad”. Yo tengo otro blog, uno en el que le hablo a mi papá (quien dejó este mundo para mudarse un poco más arriba hace unos años) y lo recuerdo con historias, anécdotas y fotos. Esta persona conoce un poco de mi yo “interior”, y me dijo así: “tú vas a ser mamá el día que dejes de ser hija”. Fue ahí donde todo cambió. Empecé a soltarlo. A dejarlo ir.
Luego empezaron las clases “intensivas” con el doctor. Fue como regresar al colegio a una clase de educación sexual. Nos explicó que cuando nada malo pasaba (como era nuestro caso), cuando las trompas estaban en buen estado sin obstrucciones, cuando los ovarios funcionaban perfectamente, cuando el endometrio crecía de forma regular, el único factor que jugaba en contra era la “anovulación”. Es decir, cuando los ovarios no producían óvulos para fecundar por un esperma. Y por qué se produce esta falta de ovulación? Por miles de motivos empezando por el molestoso estrés que a mí me acompañaba mañana, tarde y noche. La mejor alternativa para él, era el método natural. Ese día me fui un poco molesta porque si hubiera sido por mí, ese mismo día salía del consultorio con un frejolito en la panza.
Ese fue el primer intento con ayuda. Tomé unas pastillas que ayudan a la ovulación y el doctor nos indicó qué días tener relaciones. Luego, nos dijo que esperemos una semana y nos hagamos la prueba de sangre (siempre y cuando no haya venido antes la regla). Y la desgraciada vino sin avisar. No me dolieron los ovarios ni nada. Solo vino así como así.
Ya sin estar triste fui al consultorio y muy seria le dije al doctor que no lo iba a lograr sin una ayuda adicional. Él, igual de serio me dijo que él me ayudaría pero que yo tenía que estar preparada porque él estaba seguro que por más simple y sencillo que sea el tratamiento que elegiría para mí, de todas maneras podían salir más bebés (1, 2, 3 o quién sabe). Reto aceptado, dijimos los dos.

¿Te imaginas cómo continúa la historia?