No se le puede decir que no


En mi casa hay una niña que no tiene ni 3 años (para ser exacta tiene 2 años 9 meses y 20 días) a la que no se le puede decir que no. Y pobre del que se atreva a hacerlo porque su llanto es tan agudo que le perforara el oído y es tan triste, que le perforará el corazón también.
La verdad nunca tuve ningún problema con ella, pensé que era mi única hija que no pasó por los terrible two y que se deslizaría fácilmente por la vida sin crisis de crecimiento ni similares. Incluso, me daba palmaditas en mi propia espalda pensando que se debía a que porque era mi 3era (y ya la última) yo ya había logrado el equilibrio en mi modelo ecléctico de crianza positiva, con apego, estricto, con toques ecológicos y orgánicos, liberal postmoderno y pet friendly, lo que me permitía tener una niña independiente, segura, curiosa y sin crisis de crecimiento ni nada por el estilo.
Craso error.
Ahora, con solo escuchar la palabra NO se transforma en un ser maléfico. Un ser que se molesta tanto que hace amagos de patear a la nana o a sus hermanos y que tira todo lo que tiene en la mano (incluso si es el helado que pidió y que acaba de empezar a comer). Recuerdo que en el nido la miss siempre me preguntaba si le poníamos límites, si tenía horarios y rutinas. Siempre le respondía que sí porque aplicaba los mismos que con sus hermanos. Pero, lo cierto es que a ella la he dejado hacer (sin recibir un correctivo) varias cosas que a sus hermanos no. Además, siendo del todo honesta, ser organizada, rutinaria y estricta con los niños es recontra cansador, por lo que muchas veces ya me relajo un poco con los límites, cosa que jamás hice (ni he hecho) con el mayor.
El tema es que ahora, tenemos en casa a una niña a la que no se le pueden prohibir las cosas, y a una madre deprimida porque no puede patentar como exitoso su método de crianza ecléctico. Bromas aparte, lo que más me da que hacer es que sus llantos no son falsos, si no son verdaderos de dolor y tristeza (o eso me parecen a mí). Quiero decir, que no me parece que me esté desafiando, ni retando, sino más bien me parece que le duele (y obviamente) le fastidia muchísimo que le prohíban cosas.

No voy a negar que me parte el corazón decirle que no pero, tiene que aprender. Es mi deber de madre enseñarle a respetar y ponerle límites, aunque me rompa el corazón en el proceso.