Las visitas en el postparto



Admiro a las madres que reciben visitas con una gran sonrisa luego de haber dado a luz, tanto en el hospital como en casa. A mí me encanta, realmente me encanta, conversar con amigos, chismear con la gente, pero en este primer mes de mi segundo bebé prefiero mil veces salir yo a que vengan a verme.

No me malentiendan: aprecio de todo corazón que las personas tengan la buena intención de entregar su tiempo y cariño, su preocupación y su buena onda. Sin embargo, al menos en mi caso, el asunto resulta estresante, porque quisiera atender como se debe a las visitas y, por un lado, tengo a Cristina de dos años gritando “¡mamá, mamá, me duele la pieeeeernaaa!” y por otro, a mi recién nacido Rafael chillando hasta la esquina que quiere su leche con locura y desesperación.

De la logística, ya ni les digo: compras un rico postre para invitar y, con tanto lío, te olvidas de sacarlo. Si lo recuerdas, no te alcanzan las manos para partir un trozo respetable y servirlo sin que el borde del plato se llene de crema pastelera.

¡Y la imagen! Cuando das a luz, no quedas precisamente con cuerpo de reality. Quedas amorfa, hinchada, con el corazón esplendoroso, eso sí, pero sin pocas posibilidades de entrar en tu jean boyfriend preferido. Entonces, ¿con qué ropa recibes a tu gente? ¿Con tu pijama de ositos llena de leche derramada? No, cómo va a ser… con un buzo y un polo de tu marido. Y un moño mal hecho, no hay tiempo para planchados iónicos. Y una línea chueca de delineador en los ojos, claro, algo de maquillaje debe esconder la cara de zombie que tienes. En resumen, y aunque todos te digan que la maternidad te sentó, que has quedado muy bien y etc., tú te sientes un desastre impresentable.

¿Desaparecer del mundo? ¿Suspender las notificaciones de tu whatsapp? ¿Cambiar tu nombre de perfil en Facebook? Pueden ser una opción, pero creo que lo mejor es ser sincera. Si realmente, realmente, realmente, la visita que te propone esa amiga te pondrá de cabeza, pídele verse después, cuando ya estés más organizada. Lo entenderá, no te preocupes. Lo otro es evaluar el costo – beneficio: que venga tu tribu del trabajo puede ser casi como organizar tu boda, pero quizás su presencia, su conversación, sus risas te relajen, te saquen por un rato de tu mundo lactoso y consigas un poco de la paz que tú y tu bebé necesitan.