Hablemos de… la muerte

foto: todossomosuno.com.mx

Estas últimas semanas han sido muy duras para mi familia. Al parecer los astros se alinearon (o fue la voluntad divina, como prefieran) de forma tal que en 5 semanas (sí solo 5 semanas) hemos enfrentado 3 dolorosas muertes.

Primero, fue la muerte de la mascota de mi hijo mayor: una eriza de tierra (escribí sobre eso en el post: “¿Quieres una mascota? Infórmate bien” publicado en este portal. Su muerte no fue repentina pues, estaba enfermita y no pudimos hacer nada para salvarla. Sin embargo, fue muy triste para todos mis hijos, sobre todo el mayor. Diez días después de eso, falleció mi abuela. Esto sí ha sido sumamente doloroso para todos, especialmente para mí, todavía no me repongo del todo. Sé que es una cuestión de tiempo, pero aún duele. Y por último,  exactamente 1 mes después de la muerte de mi abuela fallece nuestra querida perra: Suky. Había programado esterilizarla por diversos motivos, me aseguraron que era una operación de rutina con un riesgo mínimo. Sin embargo, no resistió la operación. Si bien salió bien de ella, unas horas después tuvo una descompensación que luego le produjo un paro cardiaco y falleció.

Hasta ahora sigo en shock, no sólo me cuesta digerir mis propias emociones: mi dolor, mi pena e incredulidad si no también, no tengo idea de cómo contener las emociones de mis hijos. Cuando pasó lo de mi perra, yo aún estaba en fuertemente movida por la muerte de mi abuela. No tenía fuerza para más y no sabía cómo contarles a mis hijos que nuestra perra había muerto. Hablé con una amiga psicóloga y me dio un par de tips muy buenos: 1. SIEMPRE decir la verdad. Nada que se fue de viaje, o se fue a Disney, ni nada. 2. Decírselo de la mejor forma posible, es decir, en un momento calmado, apropiado, con tiempo para conversar y cuando tú (o sea, tú mamá) estés tranquila. Porque según cómo ellos te vean también van a ser sus reacciones. Esto fue sobre todo, porque yo estaba hecha una noche. Lloraba cada vez que me acordaba.

Hablé con mi esposo y acordamos en contarles juntos pues yo no podía ni hablar del tema sin llorar. Sin embargo, cuando ya era hora de dormir y mi esposo no llegaba y mis hijos preguntaban (de nuevo) cuándo traían a Suky del doctor me armé de serenidad y les conté lo que había ocurrido. Me sorprendió mucho su reacción ya que, aveciné un drama y no fue nada de eso. Las preguntas iban sobre por qué había muerto, cómo, si le dolió. Mi hijo mayor se quejó pues él no quería que muera, la segunda quería verla muerta y hacerle cariñito antes de enterrarla y la última sólo balbuceaba algo ininteligible. El tema terminó rápidamente cuando la segunda dijo: “No importa mami, no te preocupes. Ahora está en el cielo con Jesusito, la eriza, la Mimi y Papapa (mis abuelos) y continúo con la lista de todos nuestros queridos difuntos”.

Un rato después, se acerca el mayor. Había hecho cálculos y concluyó (con razón creo yo) que había más gente en el cielo que en la tierra y ya iba a empezar con sus preguntas metafísicas cuando me acordé del tip de la psicóloga del colegio: “a los niños ansiosos (como el mío) es mejor tenerlos ocupados haciendo cosas manuales/físicas para que no estén dándole vueltas a los temas”. Así, que lo mandé a lavarse los dientes bien, uno por uno y a ordenar sus zapatos antes de dormir.

Más allá de la pena, en los niños o por lo menos, en mis niños. Todas estas muertes han generado mucha curiosidad. Estos días me la he pasado respondiendo preguntas metafísicas y espirituales. Preguntas tipo, ¿tu espíritu está dentro de tu cabeza? ¿Dónde está tu espíritu? Cuando te mueres ¿cómo sabes el camino al cielo? ¿Por qué todos se mueren ah? ¿Cuándo vamos a morir nosotros?


Son preguntas difíciles y muchas no las puedo responder. Mientras tanto solo agradezco a Dios por los buenos momentos vividos y les recuerdo a mis hijos que la muerte es parte de la vida.