¿A qué colegio irá tu hijo?

¿Qué es lo que esperamos del colegio al que ingresen nuestros niños? ¿Es posible que estemos depositando en la escolaridad demasiadas expectativas en cuanto a la  educación y formación de nuestros pequeños?






Todos lo sabemos: el ingreso a los colegios se ha convertido en una verdadera pesadilla. Las matrículas están infladas cual burbuja hipotecaria, los cupos son limitadísimos, hay que separarlos con absurda anticipación y las mensualidades estallan por las nubes.  ¿Nuestra única opción es  pasar por algo así? ¿Quizá nuestra atención está concentrada solo en un puñado de colegios?  ¿Es posible que estemos sobrevalorando la escolaridad?  No lo sé… pero sí creo que como padres estamos tirándoles de patadita a los profesores nuestras responsabilidades de enseñanza y formación. Porque estas no son exclusivamente de los colegios. ¿Acaso no somos nosotros quienes día a día, desde casa, con nuestro ejemplo y dedicación, educamos, inspiramos y despertamos en ellos su curiosidad y análisis?

El colegio no define ni determina a las personas. Además, y aquí va una pregunta difícil: ¿Qué es lo que realmente queremos que  nuestros hijos aprendan en esta vida?  Personalmente, lo que quiero que Amadeo sepa va más allá de cualquier rigurosidad o exigencia académica. No me importa si sale del colegio con muchísimos conocimientos o si domina o no cualquier otro idioma, por ejemplo. Pero lo que sí deseo de todas maneras es que conozca desde muy pequeñito ciertas herramientas y actitudes, ante todo, para ser feliz. Todos los padres, naturalmente, queremos eso para nuestros niños. La cuestión es que eso, no se enseña en ningún salón de clase.

Si queremos, como primera prioridad, que ellos conozcan la alegría de sentirse vivos, debemos contagiársela con nuestro ejemplo. Así como muchos padres deciden noblemente romperse el lomo e invertir lo que esté a su alcance para la educación de sus hijos, aunque deban  trabajar todo el día para pagar mensualidades que a lo mejor les quitarán el sueño por la noche, es igual de importante trabajar permanentemente en nosotros mismos, para poder inculcarles que aunque el camino venga con túneles, errores, sorpresas, caídas, curvas sinuosas o baches,  nada, después de todo, es tan serio, y que siempre habrá una miel para saborear.  Y esa enseñanza, no se puede delegar a ningún colegio.