Llegamos a casa...


¿Y ahora? Fue la primera pregunta que me hice al llegar a casa con Luciano en brazos, hace ya más de 3 años….  ¿Ahora qué hago? ¿Cómo sé cuándo quiere comer, cuándo o cómo cambiarlo, limpiarlo, bañarlo? ¿Cómo lo alimento? ¿Y si duerme mal? ¿y si se atora? ¿y si no lo escucho?...  Eso, sumado al cocktail de emociones con el que estaba después de dar a luz, llamado post parto, que gracias a Dios no me dio en gran escala pero si lloraba por todo, nadie podía decirme nada porque estaba a la defensiva, asustada, con miles de miedos, era una bomba a punto de estallar.

Me sentía tan mal por no saber cómo atenderlo, lloraba en todas las esquinas de mi casa, fueron unos días  difíciles, muy difíciles a decir verdad. Era todo un cambio del cual no estaba tan consciente al principio, tenía la equivocada idea que todo sería tan lindo como en un cuento de hadas, que yo sería la madre perfecta, le cantaría canciones en las noches, lo haría dormir y al día siguiente todo sería amor y paz, pero cuando me di con la sorpresa que nada era así, me afectó.

MI hijo lloraba y yo lloraba con él y eran llantos de angustia de los dos, le cambiaba el pañal y lloraba, le daba leche y lloraba, no quería bañarlo, tenía miedo de ahogarlo, de lastimarlo, no sabía ni siquiera sacarle el famoso “chanchito” y la lactancia era otro tema, me salía un par de onzas y tenía que completarle con fórmula y me sentía la más mala del mundo por no poder alimentar a mi bebé sólo de mi leche, la gente me decía que intente, que me lo ponga, que no le de fórmula, que le hacía mal a su barriguita, pero mi hijo no agarraba la teta y yo me tensaba cada día más y menos leche me salía.

En ese momento dejé de hacerle caso a todos los comentarios que me alejaban de mi propia versión de mamá, me alejé de todo y sólo me escuché a mí.  Entendí que aún no conocía a mi hijo y que tenía que darme el tiempo para hacerlo y no ser injusta conmigo misma y juzgarme con tanta fuerza, era mamá por primera vez y no tenía manera de saber a la perfección que sucedería, así que me di permiso para aprender.  Escuché con más calma los llantos de mi hijo, lo analicé más, me desahogué, respiré profundo y creí en mí

Una mañana después de pasarme toda la noche en vela, dije no importa si no te doy leche de teta, voy a hacer que la toma de leche de fórmula sea igual nuestro momento y fue cuando, paradójicamente, más leche materna tuve. Me desestresé, me liberé y los conductos, como dice el pediatra, se liberaron también y pude tener más leche. A su vez, escribía una lista enorme de todas las dudas que tenía para preguntarle al pediatra en nuestra próxima cita “sólo a él” a nadie más, no importa que tan tontas fueran las preguntas, sólo se las hacía a él, no quería que me confundieran hasta que estuviera segura de mí y así es como aprendí. Mientras más tranquila estaba yo, mi hijo también lo estaba, era instantáneo, mi calma se la pasaba a él y así poco a poco, con el paso de los días, nos conocimos más y logramos conectarnos, logré entender sus necesidades y avanzar a nuestro ritmo, sin prisas, sin presiones, sin tensiones.


Cuando llegamos a casa, todos esperan que de la noche a la mañana sepamos todo al derecho y al revés, pero las cosas no son así. Primero tenemos que entender el cambio, entendernos nosotras, liberarnos de las “culpas, los miedos y de los consejos de los demás” por muy buenos que sean y escucharnos a nosotras mismas y permitirnos disfrutar cada día, con lo que sabemos y lo que no, sin exigirnos de más, que cuando menos lo esperemos, nos daremos cuenta de todo lo que aprendimos y de lo buena madre que somos.