Pesadilla en el vuelo AA1685


Terminaron nuestras vacaciones, cuatro agotadoras pero felices semanas en las que visitamos tanto a mi familia en Trujillo como a la familia de mi esposo en Virginia. Treinta seis horas de vuelo, sin contar el tiempo entre conexiones, y la espera para embarcar el avión. Estuvimos felices mi esposo y yo pues en casi todos los vuelos los mellizos se la pasaron durmiendo y no tuvieron problemas con los oídos que es algo común en los niños. Pero el último vuelo, las últimas dos horas de vuelo de Dallas a Salt Lake, donde vivo, fueron una pesadilla. Fue el vuelo más largo, pesado, agotador, que puedo recordar. Es este vuelo que me ha dado mucho que pensar y cuestionar si estoy siendo una buena madre para mis hijos. Les cuento.

Todo empezó en el embarque. Cuando ya estábamos acomodados en el avión y solo esperando para el despegue, el piloto nos dijo que habría una demora. Que al parecer tendríamos que esperar unas sillas de ruedas y la verdad ni sé que más pues no presté más atención. La espera duró una hora, toda una hora en la que tenía a mi mellizo con las pilas puestas y que quería hacer lo que se le antojara y yo lo dejé esperando que al despegue se calmara. Pero no fue así y en ese momento no saben  lo arrepentida que estaba por no haber cargado la tablet para que puedan mirar sus videos. Mi mellizo empezó a patear la silla delantera mientras yo me la pasaba diciéndole que era un “no, no”, finalmente mi esposo me preguntó: ¿cambiamos bebes?, yo al ver a Sofia sentadita y calmadita ni lo pensé dos veces y le dije: “please”

¿Y saben que pasó? Pues mi Sofi comenzó hacer lo mismo. Quería bajar al piso y caminar por el pasillo a pesar de lo cansada que estaba. Me llené de paciencia y le canté la canción que usualmente le canto a la hora de dormir. Y parecía que se calmaba pero no. Sofía comenzó otra vez pero acompañada con una tremenda rabieta. Traté por todos los medios ocupar su mente en otras cosas. Su peluche. Su carrito. Nada funcionó. Y finalmente me dio un manotazo fuerte en mi cara. Totalmente trastornada decidí llevarla al baño y darle su “time out”(en casa la pongo en la esquina junto a la mampara cada vez que creo lo necesita), y al parecer funcionó por unos 10 minutos. Para luego comenzar de nuevo. Ni el “stop it” de papá funcionó. El ruido de su berrinche incomodaba a todos a mi alrededor. Lo pude percibir, y mi esposo -que no lo dejaba de mirar suplicándole con mis ojos que haga algo- me preguntó otra vez: ¿Quieres que cambiemos nuevamente? Mi Waltercito estaba a punto de dormirse en sus brazos, asenté con mi cabeza y esta vez no le dije nada. Pero mi mellizo empezó nuevamente a quejarse, tenía mucho sueño pero quería agarrar las revistas, bajar al piso, y al no dejarlo ¡comenzó hacer su berrinche!... yo no sabía que más hacer. Avergonzada a mil. Avergonzada con las personas a mi alrededor, con mi esposo, conmigo misma. Cómo es que mi esposo podía manejar la situación pero yo estaba abrumada y petrificada.

Sabía lo que pensaban todas los pasajeros a mi alrededor:
“Esto es porqué no tengo niños”
“Esto es porqué debería haber una sección diferente para niños”
“Esto es porque pagaría algo extra por tener un asiento lejos de bebes y niños”
“Esto es porque deberían haber usado condón”
“¡Porqué la madre no hace nada!”

Finalmente, mi bebe se durmió, a treinta minutos para aterrizar. Todo el camino del aeropuerto a casa me puse pensar que es lo diferente que estoy haciendo de mi esposo para que los bebes lo escucharan a él pero no a mi. Me puse a pensar que no soy una buena madre pues una buena madre, si bien ama a sus niños, juega con ellos y los alimenta, también los disciplina. Y obviamente algo mal estoy haciendo. Es verdad, mis mellizos son muy pequeños (1 año 5 meses)  y algunas cosas no logran entender, están aprendiendo a manejar sus frustraciones pero me pregunto porque les pasó esto solo conmigo. ¿Porque soy demasiado relajada? ¿Demasiado permisiva?  


Ahora estoy en casa, en mi zona de confort. Aquí mando yo. Aquí nadie me ve. Aquí ellos se portan bien y si no lo hacen pues al menos logro manejar la situación. Aquí los felicito porque terminaron toda su comida o les aplaudo cuando me hacen caso. Aquí les doy su tiempo exclusivo  a cada uno de ellos. Ya no quiero pensar en más vuelos por el momento.  Ya no me apetece viajar. Ya se me pasará este sentimiento de decepción de mi misma. Fue la primera pero no la última vez que harán alguna rabieta en público. Pero al menos espero que la próxima sea con mi esposo jaja.