Perfecta, no. Mamá, sí.


Cuando nos convertimos en mamá es muy común escuchar cuando le pasa algo a nuestros hijos: ¿Dónde estaba la mamá? ¿Se supone que la mamá debe saber, no? Y la frase más “achorada”: ¿Qué clase de mamá eres?

La sociedad vuelve a las mamás unos entes PERFECTOS. Unos ángeles. Unas enrumbadas a ser SANTAS. Y no los culpo, porque muchas veces nos catalogamos así. A la mamá no se le permite ser normal, ser ella misma, y mucho menos equivocarse. Tampoco quejarse.

Pero las frases no quedan solo entre una soltera y una mamá. También, y en casos más severos, de madre a madre. Parece que hasta cierto punto las mamás van juzgándose, viendo en que fallamos para levantar el dedo acusador. Es como si todas jugáramos al “ampay”. Quien se equivoca menos, mejor mamá es.

Pero, querida mamá. No eres perfecta. Tampoco esperes serlo. ¿Eres menos por eso? Por supuesto que no. Nadie te enseña a ser mamá, se aprende y aun así con el pasar de los años seguimos cometiendo errores. La clave es no dejar que NADA ni NADIE quiebre nuestro espíritu.

Si tuviste la bendición de ser madre, disfrútalo. Estás hecha para ser feliz pero también para estar triste. Estás dotada para tener paciencia pero también para tener momentos de pánico. Estás condicionada para ser tú misma cuando puedas y quieras. Tendrás grandes aciertos pero también grandes errores. Tienes la responsabilidad ahora por esos niños, pero también tienes la responsabilidad de buscar tu plenitud. Ser madre no te da el título de la mujer perfecta.

Haz un pequeño ejercicio. Mira a tu pequeño, ¿Qué ves? ¿Qué sientes? ¿Qué sensación te da? ¿Qué sentimientos te despierta? Si te fijas bien, es muy probable que tu hijo te sonría, se lace a tus brazos, te haga muecas o simplemente veas a un niño muy feliz. Y estoy 100% segura que cuando te mira, tú vas a sentir que NADIE más lo va a amar como tú lo haces. Ahí está tu respuesta. No se necesita la perfección para ser feliz. Solo sé tú misma y ama tan intensamente como puedas.


Recuerda: Perfecta, no. Mamá, sí.