¿Cómo un niño puede hacer algo malo?




Esa pregunta me la hizo mi cuñado cierto día, cuando le dije que Cristina utilizaba su viveza para el bien y para el mal. Causa cierto horror vincular los conceptos “niño” y “maldad”, pero no es del todo descabellado el asunto, a mi parecer.

Pues resulta que las personas siempre buscamos el bien. Es parte de nuestra naturaleza, nadie quiere en sí mismo el mal. ¿Y qué pasa con los que matan, roban, maltratan? Ellos también buscan el bien, mejor dicho, “su bien” disfrazado: el placer de la venganza, satisfacer su ego, tener dinero para lujos, etc.

En el caso de los niños, a otro nivel, claro está, podemos decir que ocurre lo mismo: ¿Por qué hacen pataleta? Para obtener lo que quieren: no dormir a su hora, no acabar el almuerzo, no bañarse, y, de este modo, vencer en la batalla de hacer lo que les provoca –“su bien”– y no lo que deben –“el bien”, que objetivamente es bueno, porque les hace bien–.

Esto se da a toda edad: desde bebés, cuando no tienen uso de razón y la necesidad real de leche, comodidad, abrazos, besos, calle, etc. roza tangencialmente con un rudimentario intento de manipulación, hasta los más grandecitos –7 a 9 años– que ya se las saben todas.

Sorry por ponerme psicofilosófica. Mi intento en este post es que nos demos cuenta de que los niños no tienen maldad, pero eso no significa que no se esmeren en lograr “el mal” que, traducido a un lenguaje de menos horror gráfico, es todo aquello que si bien les causa placer, les hace daño.


En mi opinión, explicarles estas cosas desde pequeños –que no siempre lo que nos provoca es lo que más nos conviene, que lograr las metas que uno se propone implica esfuerzo, etc. – ayudará a que sean más conscientes de sus acciones y busquen un poquito más su verdadero bien