Para ti, que eres mamá



Dedico este post - carta a todas las mamás, a las que conozco en persona, a las que conozco solo por redes sociales, blogueras o seguidoras, y a las que no conozco pero veo en la calle, en el parque o donde quiera que yo vaya física o virtualmente, está dedicado a ti mamá donde sea que te encuentres y leas estas líneas.

Querida mamá:

Quiero decirte que te veo, en tu rutina diaria, cada mañana corriendo contra el reloj, todavía en pijamas, preparando el desayuno y las loncheras de tus hijos y rogando porque se la vayan a comer, que estén sanos, que se alimenten bien, piensas mientras terminas de alistarlos.

Te veo dejando a tu bebé en la guardería con una bolsa enorme, mil indicaciones para la cuidadora y un corazón que agoniza por tener que ir a trabajar y no poder pasar más tiempo con tu bebé, no tienes esa opción.

Te veo cambiando pañales una y otra vez, dando de lactar con los pechos adoloridos pero determinada, preparando biberones, mañana, tarde, noche y madrugadas, entregada con el más desinteresado amor al cuidado de tu bebé.

Te veo luchando cada noche por bañar y hacer dormir a tus inagotables hijos, veo sus juegos y sus miles de preguntas y tus miles de respuestas sazonadas con paciencia.

Te veo, cuando todos duermen, terminando la decoración de cumpleaños, el disfraz para la actuación o el proyecto de la escuela de tus hijos, también en las actuaciones y eventos especiales, cámara en mano y con los ojos llenos de orgullo.

Te veo en la cola del supermercado, en el banco o algún lugar público tratando de ser “paciente” con un hijo impaciente, inquieto o malhumorado o con más de uno, tratando de ignorar las miradas de desaprobación.

Te veo en el parque, cansada pero con la alegría de ver a tu hijo jugar y correr feliz, tanto que tú también te vuelves una niña más y corres a su lado. Te veo jugando con ponys o viendo la misma película infantil una y otra vez, que de tanto verla ya te la sabes de memoria.

Te veo en esas noches interminables de fiebres y malestar, despierta, cuidando a tu bebé y rogando a Dios porque lo sane pronto, o en la sala de espera de un hospital, te veo secando lágrimas, curando yayas, consolando pequeños corazones y deseando ser tú la que esté enferma.

Te veo en tus peores momentos, en tus días duros, con tus dudas, tus miedos, con enojo, con lágrimas, con cansancio, y sintiendo que no eres buena madre por sentir todas estas cosas.

Te veo en tus mejores momentos, de risas y juegos, de postres hechos con amor y con manitos ayudantes, de momentos compartidos, abrazos, besos y te amos, esos días en que disfrutas con sólo mirarlos, esos días quizás cotidianos pero que te hacen sentir la mujer más afortunada del mundo y lo eres.

Te veo a través de las redes sociales que nos conectan, compartiendo experiencias, dudas, buscando consejos, o animando el corazón de una mamá que no conoces. Y es que necesitamos vernos más y juzgarnos menos, alentarnos más y compararnos menos, pues al final estamos en el mismo equipo.


Te veo y me veo a mí misma, aunque de repente no te conozco, siento que te conozco y te reconozco, la de las ojeras, la del bolso enorme que anda apurada. De repente tenemos distintas formas de crianza, distintos puntos de vista, pero cuanto más te veo encuentro que tenemos más en común de lo que pensaba. Reconozco tu entrega, que das hasta la última gota cada día y cuando parece que ya no queda más que dar y cómo si de algo que viene de arriba se tratara, Dios te infiere nuevas fuerzas y amor para volver a empezar y es ese amor el que te impulsa cada mañana a ponerte en pie y continuar dando. Hay un dicho que dice: Nunca nos parecemos más a Dios que cuando damos, y eso es lo que veo en ti, para mí eres un canal del amor de Dios para tus hijos, eres MAMÁ y Dios es la fuente de suministro de ese amor para cada día, no estamos solas en esta tarea.