No me hagas sentir mal



Hace unos días una amiga mía, mamá primeriza me contó que ya se le acababa la licencia post parto y debía volver a trabajar y me preguntó si había escrito sobre eso en mi blog, pues se le estaba partiendo el corazón y necesitaba consuelo. Le dije que sí, aunque ella ya sabía el desenlace: dejé de trabajar para dedicarme a mis hijos. A lo que ella respondió: “si pues, pero no me hagas sentir mal”. Le respondí con la verdad sobre mi blog: para nada, la idea del blog  es compartir mis dudas, mis angustias, mis neurosis y locuras. Todo con un poco de humor. La idea es tomar lo que a cada una le sirve para hacer su propio razonamiento. Jamás, quiero hacer sentir mal a ninguna mamá por las decisiones que toma con respecto a la crianza de sus hijos.

Pero, no sé si a todas les pasa y particularmente a quienes somos mamás blogueras quizá nos pasa más. Muchas mamás piensan que otras mamás (blogueras o no) las estamos juzgando, las estamos comparando y/o calificando, cuando en verdad no es así. Nosotras las mujeres tendemos a cuestionarnos constantemente si estamos o no, criando bien a nuestros hijos, si estamos siendo buenas madres, buenas hijas, buenas esposas, buenas profesionales, en fin, buenas todo. Estamos bajo mucha presión y muchas veces, esta presión nos la ponemos nosotras mismas.

La realidad no es así. Todas las mamás sabemos el arduo trabajo que hacemos, reconocemos que criar niños viene con muchas cosas lindas, pero también con muchas cosas difíciles. Y en nuestros blogs (creo que hablo por todas) transmitimos todo esto: lo bueno, lo malo, lo lindo, lo gracioso y lo triste y preocupante. Algunas dan tips y consejos, comparten buenos datos, pero todo con buena onda. Como la campaña promovida por Mamás Blogueras Peruanas “más amor menos guerras”. Porque la idea al final, creo yo, es esa: sentirnos seguras de lo que hacemos, sentirnos bien haciendo lo mejor que podamos.


Recuerdo hace tiempo cuando recién nació mi hijo mayor. Yo era una bestia cambiando pañales, poniéndole enterizos. Sudaba y sufría cada vez que tenía que cambiarlo, lloraba él y lloraba yo. En mi afán por hacerlo todo bien, terminaba poniéndole mal la ropa, el pañal, haciéndolo llorar. Pero, lo que yo siempre me repetía a mí misma, y es lo que siempre le digo a mis amigas primerizas, es: “pueden haber mil personas que le cambien el pañal mil veces mejor que yo, que lo bañen con mayor eficiencia, que los peinen mejor que yo e incluso, que los corrijan mejor que yo. Pero, nadie, nadie en el mundo lo hará con más amor que yo. Nadie”. Y ese es el mensaje que nos debe quedar a todas las mamás: no sentirnos mal por las decisiones que tomamos, por lo que hacemos y por cómo lo hacemos, pues nadie, nadie lo hará con más amor que nosotras. ¡He dicho!