Hija, quiero ser como tú


“Mamá levántate, ya salió el sol”, esas son las palabras con las que me despierta Ana Paula en la mañana, los días que no va al nido, si no es su papá el que me levanta, es ella, sí soy dormilona. Y empezamos el día,  ella se estira, con su paciencia se viste, mientras las manijas del reloj avanzan, ella no está apurada “¿Mamá a dónde vamos hoy?” o “¿qué vamos a hacer hoy?” esas son sus preguntas usuales, si vamos a algún lugar ella es la más feliz, la más emocionada, pero si le digo que no iremos a ningún lado, no se queda muy conforme, tenemos que ir aunque sea a la esquina. Luego se asea, escoge sus ganchitos del día y una vez lista, si su papá ya está trabajando en su oficina, de un brinco va a buscarlo, le toca la puerta, él abre y se funden un abrazo como si no se hubieran visto en mucho tiempo, un besito y bajamos a tomar desayuno, “¿papá vamos a jugar?”, “¿papá a qué jugamos?”, ella le pregunta, saltando, siempre saltando y así seguirá en lo que resta del día, jugando, corriendo por la casa, pero no le gusta hacerlo sola, por supuesto, “¿mamá vamos a jugar?, “juega conmigo”, me dice, “salta, salta pequeña langosta”, le canto y ella se ríe, cómo se ríe y salta.

Su vitalidad y energía me asombran, esa expectativa por el nuevo día, ese entusiasmo por cada juego, por cada cosa que hacemos juntas, la alegría que irradia, envidio sus ganas de aprender, ya quisiera yo un poco de ese entusiasmo para cada día (aunque en algún tiempo algo lejano lo tuve), pero yo, por el contrario, ya no me emociono tanto, me levanto un poco desganada, un poco con esfuerzo, un poco tratando y así continúo mi día y la veo y me pregunto ¿cuándo dejé de entusiasmarme?, será la rutina, será la edad, las dos cosas ¿?

¿Cuándo perdemos eso que tienen los niños?
¿Cuándo dejamos de entusiasmarnos por lo que trae el nuevo día?
¿Cuándo dejamos de abrazar y mostrar afecto a los que amamos cada día?
¿Cuándo dejamos de alegrarnos por pasar tiempo juntos como familia?
¿Cuándo la vida dejó de emocionarnos?
  
¿Es que acaso el hecho de ser adultos nos priva de este sentimiento?, de la espontaneidad y el entusiasmo de los niños, por querer tener todo bajo control, porque nada nos parece nuevo y ya nada nos sorprende, no hay expectativa, no hay emoción, pues las cosas cada día nos parecen iguales. Puedo notar que cuando quiero tener todo fríamente calculado es cuando menos disfruto y cuando más me frustro. Claro que hay cosas que hacer, responsabilidades, pero veo a mi hija, que me invita a jugar, a correr, a salir a la calle y quisiera que mis “Si vamos”, sean más que mis “No, ahora no puedo”, salir de mi zona de confort e inyectarme en las venas un poco de la vida que ella me transmite, emocionarme por hacer algo nuevo, o hacerlo de forma distinta, aceptar invitaciones, conocer sitios nuevos, aprender algo nuevo y ver en cada experiencia nueva, una oportunidad de crecer, de descubrir, de vivir, de ser más como mi hija.


Ser como mi hija es tener entusiasmo por este nuevo día, pues ya salió el sol; es hacer algo divertido juntas, salir, pasear, disfrutar el momento; es abrazar, amar y demostrarlo; es jugar y reír a carcajadas; es tener ganas y deseo de aprender algo nuevo siempre; ser como mi hija es vivir, sin complicaciones, pues cada día es un regalo, así como ella también lo es, un regalo enviado para hacerme recordar que la vida hay que vivirla con entusiasmo. ¿Difícil? un día a la vez mamá, un día a la vez.