Se acabó el llanto



“Era un concierto. No sé cómo la directora podía trabajar. Realmente no lo entiendo”.

Cuando Raúl me lo dijo, comenté: “Tiene años en eso, ya está acostumbrada”. Luego, pensé: “Oh-oh… niños llorando… los niños se contagian… ¡Mi Cristina la está pasando mal!”. Pucha.

Los diez primeros días de Cristina en el nido me convirtieron en una plañidera silenciosa. De dejar a Raúl y a mi niña en la puerta, me iba volando al trabajo. Mr. Waze, dígame la mejor ruta. No había espacio para el sollozo. Un par de días, le pedí ayuda a un amigo muy querido que está en el Cielo (para mí o para ella, quien más la necesitara, je).

Luego, la miss Dorita nos dijo en la reunión de padres primerizos y miedosos: “Ustedes transmiten su angustia. Confíen en nosotros, por algo los han traído acá y créanme que están recibiendo mucho amor”.

Confía, Majo. Confía, Raúl.

- Miss, ¿cómo la pasó hoy Cristina? Es que se quedó llorando (full confianza, ¿no?).
- Bien, muy bien.

¿Qué cosa es “bien”? ¿Tomó el tiempo de cuánto tiempo se quejó? ¿Contó las lágrimas que derramó?

Basta. Qué tonta soy. Es un proceso normal, la vida es dura. Esto nos hará fuertes a todos. No soy una mala madre por enviar a mi niña al nido antes de los dos años –por cierto, el otro día, en el parque, una mamá de esas sabelotodo le dijo a otra que era una barbaridad estimular a los bebés desde tan chiquitos, desde pocos meses, horror… Sin comentarios-.

Antes de acabar la semana de adaptación, Raúl empezó a dejarla e irse a trabajar. A él le daba más pena que a mí, de hecho, porque él era quien sentía su manita coger la suya fuerte, y oía sus reclamos: “¡¡¡Papáaaa!!! ¡¡¡Mamáaa!!!” (y todo el resto de la familia).

Día 8. Detengo la camioneta, les pido que bajen y a Cristina, que me dé un beso. Bien fresh. Me sorprendió que lo hiciera y no llorara. ¿Será que la tormenta había pasado? No, entró con papá y todo comenzó de nuevo.

Día 9 y 10, igual.

Día 11, hoy. Además del beso, me dijo “chaaaauuuu”. Feliz, con sus dos colitas y trenzas. Me fui. Mr. Waze, dígame la mejor ruta. En una calle perdida, mientras oía “a 200 mt, gire a la derecha y luego a la izquierda”, sonó un pitito. Semáforo en rojo, leí: “¡Hoy no ha llorado Cristina!”. Semáforo en verde, seguí la ruta, con mi cara de “¡¡¡puedo morir de la emoción!!!” y mi sonrisa que llegaba a la oreja del chofer del costado. No podía llamar a todo el planeta, no hables mientras manejes para compartir mi felicidad, pero ya estaba superado uno de los episodios más duros en su corta vida, y en la larga mía.



Todo se pasa. Felizmente.