Camina


Cada paso que di, días antes de dar a luz a Cristina, fue como pedalear en una bicicleta con resistencia máxima. Era marzo y podía morir del calor, del bochorno y de las ganas de que naciera ya, ya, ya. Me dijeron que caminar era una forma de prepararse para el parto y de acelerarlo, así que a por ello estuve hasta que, dos días antes de la fecha probable, se rompió la bolsita. Bingo.

Como mi andar de pato era lento, cada paso me permitía pensar en algo, en mucho realmente. Dios, por favor, que esto se acabe (o comience) pronto; en cualquier momento me saco la mugre cruzando la pista; ya pronto volveré a caminar rápidamente y no me pasarán los triciclos de los niños; entre otras pavadas. Y pensaba también en mi bebé, y le hablaba, y la acariciaba.

Cristina cumplirá pronto 2 años. Ahora es ya una mini mujercita y ha heredado mi virtud-vicio de caminar pensando. No puede no hacerlo. Mientras menea el potito bien forrado de pañal, columna erguida, frente en alto y rulos al viento, todo lo observa, relaciona y comenta. En su idioma bebeñol, claro está. Por eso, es mi gran acompañante.

Los domingos en la tarde son perfectos. No hay mucha gente en la calle, lo cual nos permite andar de la mano a brazo estirado; corre viento –no sé por qué pero tengo esa impresión ilógica–, y nada nos apura. Nuestros pasos son limpios, rítmicos y nuestros ojos siempre están bailando, nunca para abajo, nunca para el frente. Ella dice algo, yo le contesto; yo quiero hablar sobre algo, ella escucha. Es riquísimo.

Casi siempre hacemos una parada técnica en una zona de tiendas. Ella desordena zapatos, yo me pruebo; yo los ordeno, ella me jala para irnos, y así sucesivamente.

Así, en esas mil vueltas, no solo nos relajamos. También, como en aquellas caminatas preparto, la voy conociendo. Me entero de que Minnie la vuelve loca; de que los bebés son su debilidad y que por eso apapacha con fuerza las bolsas de pañales, que siempre tienen la foto de un peque cachetoncito. Compruebo una y mil veces que portearla es un asunto maravilloso –eso solo cuando se cansa, normalmente ella es rompesuela– y que, como dice doña Julieta Venegas, aprendo de mis pasos si entiendo en mi caminar.