Mi hija; Milagro Inesperado y Prematuro

Recuerdo esa noche como si fuera ayer y no puedo creer que ya han pasado casi 4 años. Desde el inicio mi embarazo muy bien, con una placenta intermedia pero nada de que preocuparse, mi esposo y yo habíamos planificado ser padres y esperábamos súper ilusionados la llegada de nuestra hija; yo una mamá primeriza total, no faltaba a ninguno de mis controles siempre con mi esposo, los dos completamente ilusionados y comprometidos con esta experiencia increíble. Me informé, investigue y seguí al pie de la letra casi todas las recomendaciones, vitaminas, no cafeína, no tacos altos y otros cuantos mitos y verdades que existen por ahí para tener el mejor embarazo. Aflorando mi parte quizás controladora y a la vez temerosa que se contraponía por momentos a mi confianza en Dios; como cristiana, conocía que Él tenía mi vida y la de mi hija bajo control; pero Él me lo iba a mostrar de forma real y vivencial un 13 de Agosto del 2010.

Aquella noche inolvidable
Con 31 semanas y 5 días de gestación, Ana Paula ya se dejaba sentir, nunca fue de patear mucho; sin embargo, el día en mención estaba súper movida. Mi esposo me fue a recoger a la salida del trabajo, en los minutos siguientes comencé a sentir una molestia, que poco a poco se convirtió en un dolor; nunca lo había sentido, pensé que era parte del embarazo. Me eché a descansar pensando que se me pasaría; sin embargo, desperté con un dolor aun más intenso. Fui al baño y allí noté una pequeña mancha de sangre, lo cual nos alarmó por lo que no esperamos más y partimos a la clínica muy nerviosos; en el camino el dolor no sólo se volvió más intenso, sino que tenía el vientre endurecido, este fue el momento más angustiante, el viaje más largo de mi vida, encima el caos del tráfico miraflorino; y yo solo oraba a Dios por mi hija, pidiéndole que la proteja, en ese momento ya no teníamos ningún control de la situación, solo el Señor.

Cuestión de minutos
Llegamos a la clínica por emergencia, aunque tenía dolor no tenía sangrado evidente; pero por la insistencia de mi esposo la doctora de turno fue a verme, doy gracias a Dios por ella, apenas me echó en la camilla le pedí revisar los latidos de mi bebé, “hay que evitar un parto prematuro”-me dijo. Pero se dio con la sorpresa que tenía un desprendimiento de placenta en curso y sangrado interno, los latidos de mi hijita muy bajos, casi imperceptibles. Sin pensarlo dos veces, llamó inmediatamente a las enfermeras para que me suban a sala, me harían una cesárea de emergencia con anestesia general. Yo no dejaba de orar y repetir en mi mente el primer pasaje bíblico que pude recordar dentro de tanto nerviosismo: “El Señor es mi pastor, nada me faltará…”

Me llevaron en camilla rápidamente, en el ascensor empecé a sangrar mucho más, me metieron a una sala de parto y empezaron a ponerme vías en los dos brazos (luego me enteraría que esa sala estaba lista para otra mamá con cesárea programada, pero la usaron para mí, una de las tantas casualidades que no lo fueron en realidad, “Ana Paula no hubiera resistido 2 minutos más”- fue lo que después nos diría la doctora). En la operación estuvo presente el Jefe de Ginecología quien dirigió todo y estuvo allí porque era el ginecólogo de la paciente que estaba programada, otra de esas “casualidades” de Dios. Mientras que me sucedía todo esto mi querido esposo esperaba, informaba a la familia y amigos, quienes hicieron oraciones por nosotras; los médicos no sabían como saldrían las cosas, si la bebé resistiría y si me sería extraído el útero por el desprendimiento. Doy gracias a Dios por esas oraciones que nos acompañaron durante y después de todo el proceso; porque créanme, la oración tiene PODER.

6 horas de angustiante espera
Ok, hasta este momento no sabían qué me produjo todo este cuadro, después de todo mis controles estaban muy bien; estuve en observación por 6 horas, pues mi útero se desprendió en un 90% y si no se restauraba por si sólo tendrían que extraérmelo, fue lo que me dijeron. Nuevamente Dios obró y mi útero evolucionó bien, luego me llevaron a UCI a espera de que me subiera la hemoglobina, pues por el sangrado me hicieron 2 transfusiones. Mientras tanto mi bebita quien nació con APGAR 1 (Apgar 0 significa que no respira), y 1,680 kg de peso pudo ser estabilizada a los 10 minutos, con la posibilidad de que todo esto le dejaría alguna secuela.

3 interminables semanas
A la mañana siguiente el misterio se reveló, me había contagiado de paperas, si señores paperas, una infección viral de las más fuertes para un embarazo, que si la hubiera contraído un par de meses antes me hubiera producido un aborto espontáneo. Debido a esto me prohibieron ver a mi hija por temor a contagiarla, el estrés de todo este episodio se aunaba ahora a la tristeza de no poder ver a mi hijita, fueron 10 días muy duros. Por otro lado, mi esposo correteaba con los papeleos, además que nuestro seguro en la clínica no cubría este tipo de cesárea ni tampoco el tiempo que Ana Paula necesitaría estar conectada a una incubadora; la doctora calculó 2 meses (solo fueron 3 semanas). Había que trasladarla al Rebagliati, trámite complicado, ¿habría cupo? (otro milagro), ¿hospital del estado?, ¿Será seguro?, los miedos nuevamente. Pero el Señor sabía qué era lo mejor para ella, solo debía confiar, nuestra fé estaba siendo probada. Todavía recuerdo cuando llegaron los paramédicos del seguro a trasladar a mi hijita en una moderna incubadora, un chico y una chica parecían dos ángeles enviados, muy profesionales. Luego nos enteraríamos por otros médicos de nuestro entorno, que el área de Neonatología de este hospital era un referente en cuanto al tratamiento de prematuros en Sudamérica, algo que nos dejó más aliviados. Aunque los cuidados y restricciones a los padres muchas veces nos parecían extremos, sabíamos que era por el bienestar de los bebés, y así fue realmente. Ana Paula subió de peso, superó la infección intestinal que adquirió a la hora del parto y pudo empezar a tomar leche, otra cosa difícil para mí, pues yo no tenía mucha, esa experiencia te la comparto aquí.

Al fin en casa
El 8 de Setiembre del 2010 Ana Paula salió de alta; pero todo no quedó allí. Vinieron más controles, cardiología, neurología, oftalmología, terapia física (por hipotonía) y pediatría y ella los fue superando uno a uno, solo decirles que es una niña perfectamente normal. Hay muchos más detalles que les podría comentar en los que Dios intervino en todo este trance, siempre estuvo allí por medio de muchas personas, familiares, amigos, situaciones, un corre, corre; pero debo decir que miro a mi hija y miro el milagro de la vida y del amor de Dios, un recordatorio constante del poder de un Dios real. Sé que todas tenemos una historia que contar, unas diferentes o parecidas, tranquilas o difíciles; pero así es cuando los hijos llegan a nuestras vidas y las transforman, ponen a prueba nuestra fe y paciencia y a la vez nos enseñan a amar; creo que así es la paternidad, un aprendizaje continuo para hacer una mejor versión de nosotros mismos con cada experiencia, pero es aún más enriquecedora y cumple mejor su propósito si la compartimos y ese es el propósito de este sitio: compartir vivencias, intercambiar información, consejos y más. En resumen, seguir aprendiendo a ser mamá, porque nunca dejamos de aprender.

Y la historia continúa .........