¿Cómo la mamá?


¿Cómo  la mamá? Sí pero, nunca tanto.

Cuando era soltera (y sin hijos) iba a la peluquería bastante seguido y siempre me chocaba ver a niñas no mayores de 6 años haciéndose la manicure y/o pedicure. A mí, esto siempre me pareció una aberración. Son niñas pensaba, son niñas y deben hacer cosas de niñas. Pintarse las uñas, hacerse tratamientos en el pelo, ir a tomar lonche o acompañar a la mamá a tomar un cafecito son cosas de grandes. Las niñas deben estar con las uñas bien cortas, con los pelos trenzados corriendo por todos lados, jugando con sus muñecas y dejando las peluquerías y los lonches o desayunitos para sus mamás. Si las mamás necesitan compañía, pues que se consigan amigas de su edad, pensaba.

Hasta que tuve  a mis hijas. Y más específicamente, tuve a esta hija. Ella es una clara representante del estereotipo de la feminidad: le encanta usar falda, tener el pelo largo, usar carteras y tomar “cafecito”, su color favorito es el rosado y, por supuesto, ama pintarse las uñas y hacerse las manos y los pies. Y hasta acá todo bien. No me hago problema con que sea así, es más me encanta, pues a mí en mi familia siempre me critican por lo poco que cuido mi aspecto personal. Y verla a ella tan coqueta me causa gracia.

El problema para mí es, además de su corta edad, (tiene 3) en los valores que le inculco al permitir estas actividades de “grande”. Es una niña, pienso, debería jugar en el parque con sus muñecas y tener las uñas negras de barro. Y por supuesto, que eso hace y lo hace todos los días. Pero, también le encanta lo otro. Y a mí me encanta que me quiera acompañar a hacer mis cosas. Realmente disfruto mucho su compañía pero, no puedo olvidar la promesa que me hice a mí misma de jamás incentivar en mis hijas este tipo de conductas agrandadas y poco naturales en niñas pequeñas. Y, sin embargo me veo a mí misma haciendo lo mismo que hace unos años tan duramente critiqué.

En mi defensa, veo a mi pequeña disfrutar y emocionarse tanto cuándo le ofrecen hacerle las manos en una peluquería de grandes, que me es imposible decir que no. Digo que sí, y por dentro me dan nauseas. Digo que sí, y la veo feliz pero, no puedo evitar preguntarme si no la estaré malcriando, si no estaré quemando etapas, salteándome su niñez y apresurando momentos que tarde o temprano llegarán. Además, ¿cómo puedo traicionar tan crudamente mis valores feministas del pasado? Quizá estoy exagerando. Quizá, es sólo un juego más, jugar a ser cómo la mamá. ¿no?


Quizá. Pero, mi trabajo cómo mamá es guiarla y enseñarle lo que está bien, y lo que es apropiado para su edad. Y, en mi opinión, ir a la peluquería para una mani/pedi no es apropiado para alguien de su edad. Es difícil decirle que no y se vuelve aún más difícil con todos los cumpleaños y lugares que ofrecen un mini spa para las niñas y con tantas amiguitas haciéndolo. Y es más difícil aún, porque le encanta, y la veo tan tierna, que a veces, pienso que quizá me estoy complicando demasiado… 

Quizá, si jugamos en la casa con esmalte de niñas… que sea grande como mamá, pero nunca tanto.